TIEMPOS DE CARNAVAL: cuando las caretas caen en dos orillas del Atlántico


Escribe Lucy Esther Díaz
Madrid | España
— En tiempo de carnaval, las máscaras ocultan identidades y permiten asumir roles ajenos. Pero hay caretas que se desprenden, revelando intenciones que contradicen discursos. En febrero de 2026, dos naciones unidas por la historia —España y la República Dominicana— coincidieron en Dubái, en el World Government Summit. Ambas presentaron sus mejores galas diplomáticas. Ambas ocultaron, tras el brillo de los discursos, realidades que sus ciudadanos conocen demasiado bien.
La tradición de las caretas: un juego que cruza el océano
Durante siglos, las caretas del carnaval permitieron fingir ser lo que no se era. La máscara otorgaba libertad temporal e impunidad. Qué hermosa metáfora para la política contemporánea, donde las caretas no se usan solo en febrero, sino durante todo el año.
Hace dos mil años, Jesucristo señaló a los fariseos: “Hagan lo que ellos dicen, no hagan lo que ellos hacen” (Mateo 23:3). Traducido al lenguaje contemporáneo: sus palabras son impecables, sus actos deplorables. El problema es que este manual de doble moral cruzó el Atlántico y hoy circula como best seller tanto en la Madre Patria como en sus antiguas colonias.
Dubái, febrero de 2026: el escenario del encuentro
Del 3 al 5 de febrero, Dubái acogió el World Government Summit bajo el lema “Moldeando los gobiernos del futuro”. Más de 6,000 participantes, delegaciones de 150 países y más de 35 jefes de Estado y de Gobierno. Un evento de relumbrón, con alfombras rojas y discursos grandilocuentes.
Pero aquí está el detalle revelador: de esos 35 jefes de Estado, ninguno representaba potencias militares, tecnológicas o económicas de primer orden. No estaban Estados Unidos, China, Rusia, Francia, Alemania, el Reino Unido, Japón, India ni Corea del Sur. En jerga deportiva, era una rookie league, una cumbre de segunda división disfrazada de Champions League.
Entre los presentes: Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, y Luis Abinader, presidente de la República Dominicana. Dos líderes de naciones unidas por más de tres siglos de historia colonial. Dos países que enfrentan crisis migratorias que amenazan con desdibujar sus identidades nacionales. Dos gobiernos expertos en el arte de la careta política.
España: las caretas que se multiplican
Irene Montero: del feminismo al reemplazo demográfico
Zaragoza, enero de 2026. Irene Montero toma el micrófono con fervor: “Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora”.
No habla de integración. Habla, literalmente, de “barrer” a una parte de la población española y reemplazarla con otra. El verbo no es casual; es deliberado.
El gobierno de Sánchez regulariza a medio millón de migrantes. ¿Los requisitos? Mínimos. ¿Las garantías de que no tengan antecedentes penales? Débiles. La decisión causa estupor, pero Montero lo celebra. Porque para ella, el problema no es la inmigración descontrolada: el problema es la población original.
La careta feminista se cae. Debajo aparece quien practica su propia forma de supremacismo, creyendo que ciertas poblaciones son más valiosas que otras.
Pedro Sánchez en Dubái: la censura vestida de protección
3 de febrero de 2026, Dubái. Pedro Sánchez pronuncia el discurso central de inauguración del Summit. Con gesto severo anuncia la prohibición de redes sociales para menores de 16 años. Suena sensato. Suena a mentira.
El verdadero objetivo está en la letra pequeña: “trazabilidad del odio” y “lucha contra la desinformación”. Sánchez propone la identificación obligatoria en redes sociales, donde el Gobierno decida qué es “odio” y qué no.
El diario El País lo explica: “La trazabilidad del odio es la medida más importante y la más peligrosa”. Como señala el experto David Adsuara: “Ningún Gobierno debe tener ese poder”.
Desde Dubái, capital de un país donde la libertad de expresión es un concepto decorativo, Sánchez se erige en defensor de la democracia digital. La ironía es tan gruesa que corta.
La careta del “protector de menores” se cae. Debajo aparece el censor que sabe que la única manera de sobrevivir al bombardeo de críticas es amordazar a quienes las hacen.
El feminismo selectivo
Enero de 2026. Irán arde. Las mujeres se quitan el hiyab. La respuesta es brutal: palos, cárcel, violaciones y ejecuciones. ¿Dónde están las feministas españolas que llenan plazas por cualquier comentario desafortunado? ¿Dónde está Irene Montero?
Silencio ensordecedor. Resulta que el feminismo occidental solo funciona cuando el agresor es occidental, blanco y de derechas. Cuando el agresor lapida mujeres, las defensoras descubren que tienen asuntos más importantes de los que ocuparse.
República Dominicana: la cesión silenciosa de la patria de Duarte
Luis Abinader en Dubái: el discurso del hub logístico
3 de febrero de 2026, Dubái. Mientras Sánchez habla de censura digital, Luis Abinader presenta a la República Dominicana como un “hub logístico estratégico”. Habla de estabilidad democrática, diversificación económica, del Aeropuerto de Manzanillo y de zonas francas.
Habla de todo, excepto de lo que todo dominicano sabe: que la patria que fundó Juan Pablo Duarte se está entregando en cuotas, un barrio a la vez, una escuela a la vez.
El presidente firma en Dubái una Carta de Intención para celebrar anualmente un “Diálogo Regional del World Government Summit” en la República Dominicana. Es un logro diplomático que posiciona al país internacionalmente. Pero mientras Abinader posa con jeques emiratíes, en Santo Domingo la realidad es otra.
La invasión silenciosa
Se entra a una escuela pública y los niños dominicanos quedan sin cupo. Las campañas oficiales usan fenotipos que no son los tradicionales dominicanos. Las calles se llenan de motoconchos, taxistas, vendedores de frutas, electricistas, pedigüeños y hasta peregrinos en la Basílica de Higüey, generalmente haitianos.
Los empresarios ignoran el Código Laboral, que exige un 80 % de mano de obra local. Legisladores adocenados proponen leyes para regularizar una masa interminable de personas provenientes de la vecina nación.
Los políticos defienden a capa y espada las supuestas repatriaciones y el control fronterizo. Pero la verja perimetral, que tantos califican como “un retén para chivos”, tiene más hoyos que muchas calles del Distrito Nacional. Se recurre a la retórica para ocultar la cesión acelerada de la soberanía nacional.
No es una invasión militar. Es una invasión demográfica, económica y cultural. Y está ocurriendo con el consentimiento de las élites dominicanas.
La careta del “nacionalismo” se cae. Debajo aparece una clase política que entrega la patria en cuotas, un municipio a la vez, sea Friusa o Los Frailes.
El vínculo histórico: dos países, ¿un mismo patrón?
España y la República Dominicana comparten más que un idioma y una historia colonial. Comparten un patrón político similar: gobiernos que predican soberanía mientras la ceden; líderes que hablan de identidad nacional mientras implementan políticas que la diluyen; élites que pontifican sobre el futuro mientras hipotecan el presente.
Ambas coincidieron en Dubái, en febrero de 2026, en un evento diseñado para proyectar liderazgo gubernamental. Ambas enviaron a sus presidentes a hablar de logros. Ambas ocultaron, con el brillo de los discursos, las realidades que sus ciudadanos viven a diario.
Pedro Sánchez regresó a Madrid para avanzar en su censura digital. Luis Abinader regresó a Santo Domingo para vender la narrativa del “hub logístico”, mientras la demografía se transforma de manera irreversible.
Conclusión: el carnaval continúa, las caretas siguen cayendo
En el carnaval tradicional, la fiesta termina. Llega el Miércoles de Ceniza. Las máscaras se guardan.
En la política contemporánea, el carnaval no termina nunca. Sánchez anuncia censura en nombre de la protección infantil. Montero celebra el “barrido” demográfico. Abinader firma acuerdos internacionales mientras su país se transforma sin que nadie haya votado por ello.
Las caretas se caen, sí. Pero de inmediato se reemplazan por otras. El espectáculo debe continuar.
Porque caen caretas, sin duda. Pero aún quedan muchas por caer. Y el tiempo, cual espada de Damocles, se encargará de ello. Suspendida sobre las cabezas de quienes gobiernan con máscaras, la espada del juicio histórico pende de un hilo cada vez más delgado. Tarde o temprano, el peso de la hipocresía lo cortará.
Y cuando caiga, no habrá careta que proteja del filo de la verdad.
Al final, los fariseos tenían razón: el espectáculo debe continuar. Pero todo espectáculo tiene un final. Y las caretas siempre terminan cayendo. Es solo cuestión de tiempo.
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