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EL PIRO, ALOFOKE, CÓDIGO PENAL Y LENGUAJE POPULAR

Zürich | Suiza

   El Estado, en sus funciones públicas de representación y ejecución, se ha denigrado a sí mismo. No son El Piro ni Santiago Matías quienes han convertido a la sociedad dominicana en lo que es hoy; ellos son muestra de esos efectos. Y qué bueno que, de tíguere a tíguere, nos inviten a divertirnos con una irrupción «Alofoke».

El Estado dominicano ha dimitido de sus funciones esenciales de representación y ejecución, provocando un vacío que hoy degrada la institucionalidad pública. Culpar a plataformas como la de Santiago Matías (Alofoke) o a creadores de contenido como El Piro por el declive ético actual constituye un diagnóstico erróneo y superficial. Ellos no moldearon las carencias del tejido social; son el síntoma visible de un sistema que abandonó la formación ciudadana.

Mientras las élites políticas imponen discursos desconectados de la realidad, los nuevos liderazgos digitales capitalizan la autenticidad y un entretenimiento financiado, en muchos casos, por el propio Estado. El mismo poder que subsidia este espectáculo intenta penalizarlo cuando la diversión cuestiona el orden establecido y se convierte en una trinchera de resistencia popular. La fascinación colectiva por estos códigos no es más que el refugio de una población desencantada que no encuentra respuestas en las vías tradicionales.

El reflejo más crudo de esta ruptura sistémica se evidencia en el eterno y cuestionado debate sobre las reformas al Código Penal dominicano. Los legisladores arrastran durante décadas discusiones permeadas por intereses corporativos y dogmas que perpetúan la impunidad y desprotegen los derechos de la ciudadanía. La incapacidad del Estado para dotar al país de un marco jurídico moderno y justo confirma que el verdadero desorden nace desde arriba.

Esta desconexión legal y moral acelera una intensa lucha cultural, donde los valores tradicionales chocan de frente con una marginalidad cada vez más visible. El debate real no radica en la vulgaridad de un micrófono, sino en el colapso de las escuelas, los hospitales y la seguridad ciudadana. Es la ausencia de un proyecto de nación digno lo que obliga al ciudadano común a buscar validación en el espectáculo.

Aceptar este panorama sin cuestionarlo condena a la población a convertirse en espectadora pasiva de la descomposición estructural de su propia sociedad. No se trata de aplaudir el exceso, sino de comprender que la catarsis surge porque las instituciones oficiales han perdido credibilidad. Corresponde mirar las causas y descifrar si El Piro y Alofoke representan la imagen de un complejo y diverso paradigma que urge comprender para poder avanzar.

La indignación, el disgusto y la elevada abstención electoral deben transformarse en un compromiso activo de fiscalización del poder. Se requiere exigir un sistema penal verdaderamente inclusivo y transparente, donde cada dominicano, sin importar dónde resida, asuma su responsabilidad ética. Solo así podremos demandar referentes públicos que reflejen una superación real y colectiva, pues el cambio social no llegará censurando las voces incómodas.

Es hora de rescatar el espacio público y reescribir con valentía el destino de la nación para las futuras generaciones. El verdadero desafío consiste en superar la apatía generalizada, elevar la calidad del debate y reclamar un Estado que sirva de escudo y no de vergüenza. La transformación de la sociedad dominicana comienza cuando decidimos dejar de ser simples consumidores de crisis para convertirnos en los arquitectos de nuestra propia dignidad.

El autor es analista geopolítico y observador internacional, radicado en Zúrich, Suiza.

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