TASAS A LA BAJA, ECONOMÍA EN PAUSA: el espejismo de la confianza


Escribe Milton Jimenez
Berna | Suiza
El Banco Central de la República Dominicana (BCRD) ha vuelto a bajar su tasa de política monetaria, esta vez de 5.75 % a 5.50 %, en un intento por reanimar una economía que parece haber perdido el pulso. La medida, celebrada como signo de “confianza y estabilidad”, encubre —una vez más— una verdad incómoda: la economía dominicana crece, sí, pero a un ritmo demasiado lento para mejorar la vida de su gente.
En el discurso oficial, la reducción de tasas es una estrategia para dinamizar el crédito, impulsar la inversión y mantener la inflación bajo control. Sin embargo, los datos que acompañan esta decisión revelan otra realidad. El propio Banco Central admite que el crecimiento acumulado del IMAE apenas llega a 2.3 % entre enero y agosto, con sectores claves como la construcción y la manufactura mostrando claros signos de fatiga.
A eso se suma la paradoja de la confianza: el Gobierno presume de fundamentos sólidos mientras la inversión privada se muestra prudente, los salarios reales permanecen estancados y el consumo interno avanza con pasos de plomo. En otras palabras, el modelo dominicano sigue dependiendo del crédito fácil y de un gasto público que compensa lo que el sector productivo no logra generar por sí mismo.
Desde la oposición, y con razón, se cuestiona la narrativa triunfalista que intenta justificar cualquier desaceleración con factores externos —la guerra, la Fed, la inflación mundial— cuando la verdadera vulnerabilidad está en casa: una economía concentrada en pocos sectores, altamente dependiente de las remesas y el turismo, y con un endeudamiento creciente que limita el margen fiscal.
Reducir las tasas puede ser un alivio momentáneo, pero no es sinónimo de prosperidad, ni mucho menos de una política económica visionaria. De hecho, el gesto podría interpretarse como un reconocimiento tácito de que la recuperación prometida no llegó al ritmo esperado, y que los motores internos de crecimiento siguen sin encenderse del todo.
Mientras tanto, el discurso gubernamental insiste en que “todo marcha bien”. Pero lo cierto es que una economía que necesita estímulos constantes para sostenerse está enferma de dependencia. Lo urgente no es seguir bajando tasas, sino reactivar la producción, diversificar la matriz económica y mejorar la calidad del gasto público.
La política monetaria no puede seguir siendo el salvavidas de un barco que hace agua por los costados fiscales. Si la confianza fuera real, no harían falta tantos ajustes.
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