RENDICIÓN DE CUENTAS DEL DESARROLLO PRESTADO:


Escribe Nelson Del Pozo G
Zürich | Suiza
– Presidente Abinader se presenta como domador de fieras y gran equilibrista del circo, ante opositores y tercera vía, donde solo el rostro del payaso —alegre y triste— revela la realidad presente y futura
La rendición de cuentas del presidente Luis Abinader, este 27 de febrero de 2026, se erigió como una coreografía de optimismo estadístico, donde el mandatario asumió el rol de equilibrista que intenta sostener la narrativa de un país desarrollado frente a una audiencia fragmentada y escéptica. Al proyectar la ambiciosa Meta RD 2036, el discurso funcionó como un mecanismo de distracción temporal que desplazó la urgencia de los problemas estructurales hacia un futuro de bonanza matemática, ocultando que el crecimiento actual del PIB, situado entre el 5 % y el 6 %, se sustenta peligrosamente en una arquitectura de endeudamiento externo que ya exige el pago de más de RD$263,000 millones anuales solo en intereses.
La puesta en escena permitió al Ejecutivo exhibir indicadores de gestión administrativa, como la transparencia del SISMAP, mientras omitía los indicadores de impacto real que reflejan el estancamiento de la calidad educativa y el encarecimiento sostenido de la canasta básica dominicana.
El análisis técnico de los datos presentados revela una ilusión de eficiencia en el sector salud. El anuncio de una inversión récord de RD$19,000 millones en SeNaSa convive con una realidad de servicios precarizados y con una sombra de fraude que la narrativa oficial no logró disipar. Mientras el presidente celebraba la democratización del carné de seguro, la denominada “tercera vía”, conformada por centros de pensamiento independientes, identificaba que el gasto de bolsillo del ciudadano no ha disminuido. Se evidencia así que el gobierno es experto en gestionar procesos burocráticos, pero deficiente en transformar esos recursos en bienestar tangible.
Esta dualidad del “rostro alegre” de la cobertura universal frente al “rostro triste” de la deficiencia operativa marca la tónica de una gestión que privilegia la métrica de entrada sobre el resultado final en la supervivencia del paciente.
En materia de seguridad ciudadana e infraestructura, el discurso operó mediante una curaduría selectiva de información para encubrir los retrasos críticos en las megaobras de transporte y energía prometidas en 2024, hoy fuera de cronograma debido a la reasignación sistemática de fondos para cubrir el déficit eléctrico y subsidios corrientes. El mandatario se presentó como el domador de una reforma policial que ha mejorado salarios y tecnología; sin embargo, los datos sobre criminalidad organizada y microtráfico sugieren que la fiera de la inseguridad sigue suelta en los barrios, inmune a la tecnificación cosmética de las patrullas.
La estrategia comunicacional del “equilibrista” consistió en inaugurar pequeñas obras de cercanía para desviar la atención de los grandes proyectos estratégicos estancados por nudos legales en licitaciones. Esta maniobra no resiste un análisis de ejecución presupuestaria frente a un servicio de la deuda que asfixia la capacidad de inversión pública genuina.
La oposición, sin importar su signo ideológico, dejó al ciudadano bajo la misma sensación de desilusión y angustia que generan la información sesgada y la desinformación sistémica. Una orfandad política donde solo los sectores técnicos independientes logran arrojar algo de luz sobre la opacidad estatal. Al concentrarse en la hipérbole y el escándalo puntual, los opositores fallaron al no presentar una contrapropuesta técnica sólida que desafiara la viabilidad del modelo económico oficialista, evidenciando la ausencia de un rival con solvencia y reputación social creíble.
Bajo el triunfalismo parlamentario subyacen señales de una crisis de sostenibilidad que el gobierno ha intentado gestionar en reuniones privadas con organismos multilaterales previas al discurso. Analistas de riesgo y centros como el CREES coinciden en que omitir la palabra “reforma fiscal” no elimina la urgencia de un ajuste que el FMI exigirá formalmente en su revisión de mayo de 2026.
El silencio presidencial sobre la baja presión tributaria y el déficit eléctrico superior a US$1,000 millones anuales —financiado sistemáticamente con más crédito— prepara el escenario para un giro de guion en el segundo semestre del año, cuando el optimismo del 27 de febrero deba ceder ante la realidad de un ajuste impositivo que impactará directamente a la clase media.
La audiencia, que alcanzó picos de sintonía del 85 % al inicio para luego fragmentarse ante la densidad técnica del reporte, refleja un electorado que ya no consume discursos extensos de manera lineal, sino mediante cápsulas informativas segmentadas. Esta fragmentación ha obligado al Palacio Nacional a migrar hacia una estrategia de microgestión de percepción, vendiendo la Meta 2036 como un sueño alcanzable mientras los mercados internacionales observan con cautela la capacidad de pago del Estado.
El rostro del payaso político en 2026 es, por tanto, una máscara de estabilidad institucional que busca ganar tiempo antes de que los informes de las calificadoras de riesgo rompan el hechizo del “desarrollo prestado” y obliguen a un baño de realidad financiera.
Finalmente, el destino de la administración Abinader en este segundo tramo de mandato no dependerá de la elocuencia de su rendición de cuentas, sino de su capacidad para ejecutar la reforma estructural inevitable sin fracturar la paz social. Las fechas clave de junio y agosto de 2026 actuarán como la verdadera auditoría externa que no permitirá espejismos estadísticos ni omisiones selectivas frente a una deuda pública que ya condiciona el futuro de las próximas generaciones.
El equilibrista del circo político dominicano camina sobre una cuerda tensada por los mercados internacionales y los organismos técnicos, quienes, a diferencia del público cautivado por el espectáculo, saben que el gran acto final de 2026 no será una inauguración, sino el cobro de la factura de un crecimiento que el país aún no ha aprendido a financiar por sí solo.
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