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PAZ PARA VENEZUELA Y NOBEL PARA CORINA M.

Escribe Nelson Del Pozo G

11/10/2025

Zürich | Suiza

Paz para Venezuela y Nobel para  Corina M.: una concesión bajo la lupa

Análisis de un galardón que interpreta la paz como herramienta geopolítica y levanta críticas sobre su coherencia y propósito real.

El Premio Nobel de la Paz, testamento moral del industrial sueco Alfred Nobel, se erige como uno de los galardones más prestigiosos del globo. Sin embargo, su concesión rara vez escapa a la polémica. En un contexto donde Venezuela, una nación asediada por una crisis multifacética, clama por estabilidad, la atribución del premio a figuras de la oposición no solo se analiza por sus méritos, sino que se interpreta como un mensaje de alto voltaje político en un Caribe tensionado. Lejos de ser un mero reconocimiento, el Comité Nobel Noruego, con su elección, inscribe su decisión en la compleja cartografía de la disuasión geopolítica.

Los criterios: entre el mandato y la interpretación

La brújula del Comité se encuentra en el testamento de 1895, que estipula que el premio debe concederse a quien más haya trabajado por “la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz”. Este mandato se desglosa en tres pilares fundamentales:

  1. Fraternidad entre naciones: fomento de la cooperación y el diálogo internacional.
  2. Reducción de ejércitos: trabajo activo por el desarme.
  3. 3. Promoción de procesos de paz: mediación concreta para resolver conflictos.

Con los años, el Comité ha ampliado esta definición, incorporando categorías que reflejan una comprensión más moderna de la paz, entendida no solo como la ausencia de guerra, sino como la presencia de justicia. Así, se han premiado:

· La resolución de conflictos y mediación: como el polémico galardón a Henry Kissinger y Le Duc Tho en 1973 por las negociaciones de Vietnam.

· Los derechos humanos y la defensa de los débiles: ejemplificados en figuras como Nelson Mandela (1993) o Malala Yousafzai (2014), cuya lucha sentó bases para una paz sostenible a través de la justicia.

· El trabajo humanitario: reconocido en organizaciones como Médicos Sin Fronteras (1999).

· La defensa del medio ambiente: como el premio a Wangari Maathai (2004), al vincular la justicia climática con la estabilidad global.

· El activismo por el desarme: representado por la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN) en 2017.

La elección controvertida: símbolo sobre sustancia

En este marco, la concesión del Nobel de la Paz 2025 a la opositora venezolana Corina Machado se sitúa en el terreno más subjetivo de la interpretación. El Comité, al parecer, ha priorizado el símbolo sobre el resultado tangible y el mensaje político sobre la mediación efectiva.

Un análisis crítico de su perfil, accesible mediante una consulta sencilla en cualquier motor de búsqueda o sistema de inteligencia artificial, revela una trayectoria que, para muchos observadores, no se alinea con el historial de impacto concreto de galardonados previos. Mientras figuras como Mandela lograron desmantelar institucionalmente un régimen de opresión, o Maathai impulsó un movimiento de base con efectos ambientales y sociales medibles, la candidatura de Machado parece sustentarse principalmente en su rol como figura opositora dentro de un conflicto no resuelto.

Este premio, por tanto, se inscribe en la tradición de galardones que buscan “promover” una causa antes que coronar un éxito consumado, tal como ocurrió con Barack Obama en 2009. La decisión es, por definición, contestataria: busca desafiar al gobierno actual de Venezuela y colocar su conflicto político en el centro de la arena internacional. Sin embargo, desde una perspectiva progresista que valore la paz como un proceso de diálogo y construcción de consensos, la elección genera escepticismo. ¿Favorece esta designación la desescalada del conflicto o, por el contrario, polariza aún más el panorama y endurece las posiciones?

Conclusión: la paz como arena de batalla

La concesión del Nobel de la Paz a Corina Machado dista de ser un acto de consenso. Es, ante todo, una jugada política de alto riesgo. Refleja una visión donde el galardón se utiliza como instrumento de presión, una forma de otorgar legitimidad internacional a una narrativa específica dentro de un conflicto interno.

Lejos de ser un mero reconocimiento a unos “esfuerzos por la paz”, esta decisión demuestra, una vez más, que el concepto de paz es un campo de batalla ideológico. La definición de cómo alcanzarla —si mediante la confrontación o el diálogo, el simbolismo o la acción concreta— sigue sin ser unánime. Para una Venezuela exhausta, la pregunta persiste: ¿este Nobel acerca la tan anhelada paz o simplemente enciende otra chispa en un panorama ya de por sí inflamable? El tiempo, y la frágil realidad venezolana, darán su veredicto final.

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