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LA PREOCUPACIÓN POR EL FUTURO TAMBIÉN SE PIENSA DIFERENTE SEGÚN EL SENTIDO DE PERTENENCIA SOCIAL

Escribe Nelson Del Pozo G

10/12/2025

Zürich | Suiza

– El futuro no es el mismo para todos: cómo la clase social determina si lo ves como una amenaza o una inversión.

¿Te preocupa el futuro? La respuesta —y sobre todo la naturaleza de esa preocupación— depende mucho más de tu cuenta bancaria y tu posición social de lo que imaginas. Mientras para algunos el porvenir es un lienzo de oportunidades por maximizar, para otros es una fuente constante de ansiedad por sobrevivir. No se trata solo de pensar en cosas distintas; es pensar de forma radicalmente diferente. Nuestra pertenencia de clase no solo define nuestro presente, sino que configura la lente a través de la cual vemos —y tememos o anhelamos— el mañana, incluida la decisión más íntima y a la vez social: tener hijos y, también, la forma en que nos enfrentamos a la muerte.

Para la clase trabajadora y los sectores populares, el futuro es una amenaza material inmediata que se extiende hasta el final de la vida. La preocupación se centra en la supervivencia y la gestión del riesgo diario, y esta lógica impregna el pensamiento sobre la muerte. Morir no es solo un hecho biológico; es un riesgo económico final para la familia. Se teme a una vejez en pobreza, a una enfermedad terminal que agote los escasos ahorros y deje deudas a los herederos, o a no poder costear cuidados paliativos dignos. La muerte se vive como la culminación de una vida de precariedad, donde el sistema ofrece poco amparo.

En el polo opuesto, para las clases capitalistas, el futuro es un proyecto de optimización y legado que busca también un “final gestionado”. Aquí, la muerte es una etapa más por administrar, un tránsito que debe ser tan controlado y confortable como sea posible. La preocupación se desplaza hacia la preservación del patrimonio frente a impuestos de sucesión, la planificación detallada de la herencia y el acceso a una medicina paliativa de élite que garantice calidad de vida hasta el último momento. Morir no es una amenaza económica, sino un evento logístico y afectivo a ser orquestado para minimizar el dolor y maximizar la transmisión del capital.

Esta divergencia se agudiza con las nuevas tecnologías reproductivas y las promesas de la ciencia para prolongar la vida. Lo que para unos es un derecho básico de salud (acceso a anticoncepción, a un parto seguro o a cuidados terminales), para otros se transforma en un mercado de optimización genética, extensión de la longevidad y muerte programada. La inteligencia artificial promete no solo ayudar a diseñar una descendencia “mejorada”, sino también predecir enfermedades terminales con mayor antelación y personalizar tratamientos oncológicos de costos exorbitantes, inaccesibles para la mayoría. Se crea así una brecha en la calidad y el control del final de la vida.

Este análisis, sin embargo, debe considerar la compleja posición de la clase media profesional. Este sector, compuesto por asalariados con altos ingresos pero sin patrimonio sustancial, habita una zona gris de ansiedad particular. Puede acceder a alguna tecnología de bienestar y planificar hijos con cierto control, pero su bienestar depende por completo de su salario. Investigaciones como las del Instituto AI Now (2024) advierten que las herramientas de gestión algorítmica pueden intensificar la precariedad y el estrés laboral, una amenaza latente para este grupo. Su preocupación sobre la muerte se mezcla: temen no poder mantener su nivel de vida si una enfermedad los incapacita, y sus ahorros para la jubilación o seguros de vida pueden ser insuficientes para un final tan costoso como el que aspiran.

Así, la brecha de clase se proyecta sobre el cuerpo, la familia y la muerte con ejemplos concretos. Mientras los más ricos invierten en terapias de rejuvenecimiento celular que pueden costar cientos de miles de dólares o en cribados genéticos preimplantacionales, las mayorías enfrentan listas de espera en salud pública, ven la crianza como un reto financiero y se enfrentan a una vejez y una muerte potencialmente marcadas por la desprotección. El cuidado de la apariencia, la búsqueda de la longevidad, la decisión de tener hijos y la manera de morir se convierten en actos profundamente marcados por la clase.

El gran relato de la tecnología como igualadora social se resquebraja ante la muerte. Lejos de democratizar el bienestar, la IA y la biotecnología corren el riesgo de crear un dualismo biológico total: una clase con acceso a la potenciación, extensión de la vida, reproducción selectiva y una muerte suavizada, y otra clase dependiente de una atención básica, con una longevidad más corta y llena de achaques, y un final potencialmente más doloroso y solitario. Como advierten expertos en ética tecnológica, sin una gobernanza que priorice el bien común, estos avances consolidarán las jerarquías existentes desde la cuna hasta la tumba.

Por tanto, la lucha por el futuro ya no se disputa solo en el terreno de los salarios, sino en el acceso a los medios de producción y reproducción de la vida misma, y en el derecho a una muerte digna. La cuestión de fondo es quién controla las tecnologías que definen los límites de nuestra existencia física, desde el inicio hasta el final. Frente a este panorama, surgen movimientos que exigen que la inteligencia artificial y las biotecnologías se rijan por marcos éticos públicos, de transparencia y justicia redistributiva. Exigir que estos avances sean bienes comunes y no lujos privados es el desafío político crucial. De lo contrario, el futuro no será tecnológico o humano; será, literalmente, un privilegio de clase que determinará cómo nacemos, cómo vivimos y cómo morimos.

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