La guerra por todo el mundo: el control de nuestras mentes en tiempos de confusión, angustia e impotencia


Escribe Nelson Del Pozo G
Zürich | Suiza
– En la fase que hoy ocupa nuestra atención, no vivimos una guerra mundial de ejércitos frente a frente, sino una guerra por todo el mundo que se libra en nuestro interior. Es una guerra cultural que busca el control y dominio de nuestra forma de pensar y sentir. En esta etapa de nuestra civilización, el conflicto se alimenta del bombardeo constante de noticias falsas y verdades a medias que funcionan como balas mentales y de conciencia. Como advirtió Antonio Gramsci: “El viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer; en ese tiempo de transición surgen los monstruos”. Estos “monstruos” son las señales de enfermedad de un sistema que no termina de irse y otro que no acaba de nacer, donde buscar información real, legítima y objetiva es lo único que podría salvarnos de la incertidumbre de este cambio de época.
Venezuela es hoy el ejemplo más claro de este choque de historias inventadas, funcionando como un laboratorio para controlar lo que la gente cree. En este enero de 2026, la captura del presidente Nicolás Maduro y la intervención militar externa han dividido la realidad en dos mundos que no se comunican. Mientras una narrativa internacional promete democracia, en el terreno se hace evidente una disputa estratégica que parece interesarse más por el petróleo que por la vida. Esta guerra se manifiesta aquí en su forma más cruel: usar el hambre y la manipulación informativa para que el oprimido acepte su nueva situación como si fuera un regalo.
En el Caribe, la República Dominicana vive su propia batalla bajo la sombra de lo que Juan Bosch denominó la “frontera imperial”. Para Bosch, el país no solo tiene una frontera terrestre, sino también una frontera política y económica con el poder de los Estados Unidos. La frase que define este pensamiento es que el Caribe es el “laboratorio donde los imperios ensayan su poder y su decadencia”. En 2026, esta frontera se ha vuelto mental: se impone un relato que busca borrar el pensamiento social del pueblo dominicano para sustituirlo por un consumo vacío y una dependencia total. La “guerra por todo el mundo” utiliza a menudo el miedo al vecino para distraer a la población de la verdadera frontera imperial, la que decide desde afuera el destino de nuestras tierras, recursos y gobernantes.
En el resto de Latinoamérica, el éxito de la “mano dura” en Brasil y Colombia muestra cómo se puede manipular el pensamiento colectivo para justificar el recorte de libertades. La idea de la “seguridad total” ha logrado que muchos aplaudan cuando se eliminan derechos básicos. El discurso que estigmatiza a los sectores más pobres es un verdadero “disparo de historias”, diseñado para que veamos al vecino como enemigo. Es la inducción al dominio del miedo: una construcción cultural donde el autoritarismo deja de percibirse como una amenaza y pasa a ser aceptado como solución frente a la confusión de este tiempo de incertidumbre.
La estrategia de seguridad de Estados Unidos en la región ha regresado con fuerza, en una versión de “Gran Garrote del siglo XXI”, ahora más digital y psicológica. Bajo una especie de “Doctrina Monroe 2.0”, Washington busca imponer relatos que aseguren el control de recursos estratégicos —litio, oro, agua y petróleo—, utilizando inteligencia artificial para enviar mensajes personalizados. No se trata de una guerra de soldados visibles, sino de una batalla cultural disfrazada de “liberación”, que oculta la ambición de controlar la soberanía nacional, un peligro que Bosch advirtió cuando afirmó: “Nadie puede ser libre si no es dueño de su propio destino”.
Frente a esto, China juega su propia carta con una estrategia de seda, pero igualmente efectiva. Pekín no lanza mentiras agresivas, sino que recurre a la “seducción del dinero”. Con su discurso de “futuro compartido”, se presenta como un socio que no interviene en asuntos internos, ganándose la confianza de sectores cansados de las presiones tradicionales. Sin embargo, esta narrativa de beneficio mutuo también encierra el riesgo de una trampa de deuda y dependencia tecnológica, capaz de transformar de manera gradual la cultura y la sociedad sin necesidad de disparar un solo tiro.
La única salida ante esta guerra por el control de nuestra mente es construir resistencia desde lo más elemental. Gramsci nos enseñó que la verdadera libertad comienza con la capacidad de leer e interpretar entre líneas lo que dice el poder, y Bosch nos recordó que un pueblo consciente no puede ser engañado por la propaganda imperial. Debemos desconfiar de la “verdad” que nos ofrecen los algoritmos de las redes sociales y volver a las fuentes directas y a la organización comunitaria. Solo una ciudadanía capaz de reconocer las señales de enfermedad de este tiempo de sombras podrá avanzar sin entregarse al engaño. Ser soberanos no es solo tener una bandera; es tener la capacidad de decidir nuestra propia historia y defender nuestra propia verdad.
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