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LA EVAPORIZACIÓN DE LAS CERTEZAS – DEBACLE DE LA IZQUIERDA

Escribe Nelson Del Pozo G

19/12/2025

Zürich | Suiza

– El reciente y resonante triunfo de la derecha en Chile, coronando un ciclo de victorias similares en la región, no puede leerse solo con el tradicional lente político. Es, ante todo, un síntoma profundo de una transformación civilizatoria: el paso de la “modernidad líquida”, teorizada por Zygmunt Bauman, a un estado social aún más volátil y evanescente que podría definirse, desde una observación empírica de la realidad actual, como la “Sociedad Aire”. En este nuevo ecosistema, donde lo sólido se disuelve en gas, las certezas políticas, económicas y sociales se evaporan, generando una ansiedad colectiva —esa Unsicherheit que Bauman describía con un término alemán que engloba incertidumbre, inseguridad y vulnerabilidad— que el discurso de orden y los “muros duros” de la derecha pretenden contener. No obstante, esta oferta política es en sí misma contradictoria: promete construir diques en un terreno que su propia agenda económica neoliberal suele contribuir a erosionar, profundizando la precariedad laboral y la desprotección que alimentan el miedo original.

La victoria de figuras como José Antonio Kast en Chile es la condensación política de este malestar gaseoso. Su promesa de mano firme contra la delincuencia y de control migratorio estricto funciona como un poderoso imán para una ciudadanía que siente cómo se le esfuman la seguridad personal, el empleo estable y un futuro predecible. Frente a la incertidumbre crónica (Unsicherheit), que ya no es solo líquida sino atmosférica, su retórica ofrece la ilusión de un recipiente inquebrantable en un mundo sin contornos. Este fenómeno se repite en Ecuador, con la reelección de Daniel Noboa, y en Bolivia, donde el electorado priorizó una vaga promesa de estabilidad ante la percepción de caos. Sin embargo, esta solución autoritaria suele ser miope: al debilitar el tejido institucional y los derechos humanos en nombre de la seguridad, puede fracturar aún más el contrato social, creando un ciclo de desconfianza y mayor demanda de control.

¿Por qué la izquierda ha sido incapaz de generar una narrativa convincente frente a esta realidad evaporada? Su fracaso reside, en gran medida, en no haber comprendido la magnitud del tránsito de lo líquido a lo gaseoso. Mientras las demandas populares se vuelven más urgentes e inasibles —como ráfagas de viento—, una parte de la izquierda ha insistido en ofrecer proyectos de largo plazo que suenan abstractos o se atascan en gestiones de gobierno percibidas como ineficaces. La incapacidad para “condensar” soluciones tangibles e inmediatas a la inseguridad y la precariedad ha creado un vacío que la derecha llena con eslóganes simples y una estética de firmeza. La alternativa no está en abandonar los principios, sino en traducirlos en políticas de cuidados comunitarios, seguridad ciudadana desde lo local y soberanía económica que devuelvan al ciudadano una sensación palpable de amparo en su vida diaria.

Esta dinámica se potencia en un panorama mediático y social evaporado. Las relaciones comunitarias, antaño un sustrato sólido para la organización política, son reemplazadas por vínculos digitales, superficiales y volátiles. En este “aire” proliferan los microclimas de indignación viral y las noticias instantáneas, donde la política se reduce a una guerra de percepciones. Líderes disruptivos y algoritmos moldean la opinión pública con una velocidad que deja obsoletas las estructuras partidarias tradicionales, beneficiando a quienes mejor navegan esta atmósfera de malestar difuso. Frente a esto, la respuesta más robusta puede no venir solo de arriba, sino de la capacidad de movimientos sociales, sindicatos y organizaciones de base para crear, desde abajo, microclimas de confianza y apoyo mutuo, demostrando que la solidaridad es un antídoto más estable que el miedo.

La pregunta crucial es si esta corriente continuará extendiéndose. La respuesta está en cómo los gobiernos de turno gestionen la presión de esta realidad gaseosa. En Brasil y Colombia, que celebrarán elecciones en 2026, los mandatarios progresistas Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro enfrentan el mismo examen: demostrar que pueden materializar bienestar y seguridad de manera concreta. Si su gestión es leída como otra forma de evaporación de promesas, el péndulo, impulsado por el anhelo de certidumbre, podría inclinarse hacia la derecha una vez más. Su éxito dependerá de priorizar reformas que condensen derechos en servicios públicos de calidad, empleo digno y justicia ambiental, antes que en grandes relatos ideológicos.

Un caso paradigmático para observar esta lógica es la República Dominicana, con elecciones presidenciales en 2028. Allí, la erosión gaseosa de la confianza en las instituciones y los partidos tradicionales es palpable. La insatisfacción con las crisis de servicios básicos, el costo de la vida y los casos de corrupción crea una atmósfera propicia para discursos antisistema. En este contexto, figuras fuera del establishment o candidatos que encarnen un mensaje de orden y renovación dura —ya sea desde la derecha tradicional o desde nuevas plataformas— tienen un terreno fértil para capitalizar el descontento, siguiendo el patrón regional. La izquierda en el poder tendrá que demostrar, con hechos contundentes en vivienda, energía y transparencia, que puede revertir la evaporación del bienestar.

En conclusión, el auge de la derecha en América Latina es el espejo político de una Sociedad Aire en la que las estructuras se desvanecen. No es un mero ciclo ideológico, sino una reacción sintomática a la evaporación de los pactos sociales básicos. El desafío para las fuerzas progresistas ya no es solo oponerse a este giro, sino reinventarse para ofrecer anclas de dignidad concretas: empleo real, seguridad comunitaria y protección social tangible. Deben pasar de prometer futuros lejanos a construir, aquí y ahora, islas de solidez democrática en medio de la niebla. Esto implica una crítica feroz a las fórmulas neoliberales que licúan lo público, pero también el valor de ensayar, desde los municipios y los territorios, nuevas formas de organización popular y economía solidaria que devuelvan densidad a la vida común. Solo demostrando que pueden gobernar para estabilizar la vida de las personas, y no solo para gestionar la incertidumbre, podrán proponer una alternativa creíble a los cantos de sirena del autoritarismo.

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