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GRAN DESMANTELAMIENTO: ¿Hacia un orden global post-occidental?

Escribe Nelson Del Pozo G

06/03/2026

Zürich | Suiza

Espíritus de la Segunda Guerra Mundial que reencarnan en la actualidad

“El viejo mundo se muere. El nuevo mundo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.”

— Antonio Gramsci

El sistema internacional nacido en 1945 parece encaminarse hacia un colapso ante el avance de nacionalismos transaccionales. El orden de Bretton Woods y la hegemonía del multilateralismo están siendo reemplazados por una geopolítica de fuerza bruta. Estados Unidos, Rusia e Israel lideran movimientos que buscan romper el equilibrio actual, evocando paralelismos con la inestabilidad que precedió a la Segunda Guerra Mundial.

Donald Trump personifica la ruptura del eje atlántico bajo la premisa de “America First”. Al considerar las instituciones globales como lastres para la soberanía estadounidense, Trump propone un modelo unilateral y transaccional. Esta visión abandona el rol de EE. UU. como “policía del mundo”, dejando un vacío de poder que las potencias regionales intentan llenar rápidamente mediante la fuerza.

• Alemania (Tercer Reich): Bajo el mando de Adolf Hitler, buscaba revertir las humillaciones del Tratado de Versalles para recuperar su autonomía y dominio absoluto.

Benjamin Netanyahu y el sionismo actual justifican su expansión bajo el mandato de “Seguridad Total”. Bajo este relato, las incursiones en Gaza y el Líbano se presentan como una lucha existencial por la supervivencia de la nación. Esta justificación del control territorial en el Medio Oriente desafía resoluciones de la Naciones Unidas, señalando que las fronteras actuales son, para ellos, maleables.

• Italia (Fascista): Dirigida por Benito Mussolini, con el sueño de recrear un “Nuevo Imperio Romano” en el Mediterráneo mediante la expansión territorial estratégica.

Vladimir Putin utiliza el relato de la “unidad histórica” para justificar la invasión a Ucrania. Su visión busca restaurar la esfera de influencia de la antigua Unión Soviética, argumentando que Occidente ha cercado a Rusia ilegalmente. Al igual que en la década de 1930, el reclamo de territorios bajo criterios étnicos e históricos vuelve a convertirse en motor de un conflicto a gran escala.

• Japón (Imperio Japonés): Liderado por el emperador Hirohito y las facciones militares, buscaba el control total de Asia bajo el pretexto de una “esfera de coprosperidad”.

Las coincidencias con los antecedentes de la Segunda Guerra Mundial resultan alarmantes. En ambos periodos se observa el declive de la diplomacia colectiva, el auge de líderes autoritarios y la fragmentación de la economía mundial. La historia parece dirigirse hacia una ruptura donde los tratados de paz ya no garantizan la estabilidad, sino que solo ganan tiempo para el rearme.

China emerge en este escenario como posible refugio y árbitro de un nuevo sistema multipolar. A diferencia de los enfoques agresivos de Rusia o del repliegue de EE. UU., Beijing impulsa la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Su estrategia es la integración económica profunda, presentándose como un socio predecible frente a la volatilidad occidental en regiones como América Latina y África.

• Ascenso de EE. UU. (1945): A diferencia de quienes buscaban conquista territorial, EE. UU. ascendió como el “Arsenal de la Democracia”. Tras el Ataque a Pearl Harbor, emergió con la única economía intacta y el monopolio atómico, dictando nuevas reglas comerciales y financieras globales mediante el Plan Marshall frente a un mundo en ruinas.

En el conflicto de Ucrania y Medio Oriente, China ha adoptado una postura de “neutralidad proactiva”. Mientras Occidente se desgasta en el envío de armamento, Beijing se posiciona como mediador capaz de dialogar con todas las partes. Esta capacidad de arbitraje es la que tradicionalmente ostenta el líder mundial, trasladando gradualmente el eje del poder de Washington hacia Beijing.

América Latina se convierte hoy en tablero de las visiones expansivas y de presión geopolítica de estos tres ejes de poder. Venezuela y Cuba enfrentan tensiones directas derivadas de estas estrategias, mientras el resto de la región —desde República Dominicana hasta Ecuador— experimenta presiones constantes sobre sus gobiernos soberanos. En este escenario, China capitaliza el rechazo regional a la injerencia tradicional ofreciendo inversiones como alternativa al asedio político y económico.

El resultado apunta a un orden mundial fragmentado, ya no definido por una sola potencia. Se transita de un mundo unipolar liderado por EE. UU. hacia uno de bloques de influencia en competencia permanente. La eficiencia transaccional de China, sumada a su desarrollo tecnológico acelerado, podría convertirla en el nuevo eje global, aunque en un formato distinto al de la hegemonía estadounidense.

El mundo no puede quedar atrapado en el delirio expansionista de líderes que sacrifican pueblos en el altar de la hegemonía. La mayoría global clama hoy por un rotundo “No a la guerra”, exigiendo un orden donde la soberanía no sea moneda de cambio de transacciones imperiales. No estamos ante un destino inevitable de conflicto, sino ante la necesidad urgente de que las naciones desafíen este esquema obsoleto y frenen a quienes, en nombre de la historia o la seguridad, pretenden arrastrarnos a un pasado de ruinas que la humanidad ya juró no repetir.

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