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DELCY RODRÍGUEZ PARA PRINCIPIANTES Y PRINCIPIO

Escribe Nelson Del Pozo G

12/01/2026

Zürich | Suiza

– Pragmatismo, poder y estética en la transición venezolana

Mientras los grandes titulares globales pintaban a Venezuela como un caso de Estado fallido, una mujer —proyectada por los medios tradicionales más por su vestimenta que por su capacidad y peso político— tejía, desde la discreción ejecutiva, los hilos de la recuperación. En medio de la tormenta de sanciones, el asedio financiero y el complejo cerco militar, sostenido por un relato mediático, exilio económico y diplomático, Delcy Rodríguez ha emergido como la arquitecta de un giro histórico que permite al país estabilizarse tras años de asfixia y negociaciones extenuantes.

Delcy Rodríguez no es un nombre nuevo: es la arquitecta silenciosa del viraje que hoy permite al país respirar tras la humareda, la captura, extracción, rapto y conversión en rehén de negociación de Nicolás Maduro. Su historia desmonta la narrativa simplista de un colapso inevitable y revela un modelo de pragmatismo y resiliencia en el ejercicio del mando.

Su linaje no es un secreto: es hija de la revolución antes de la Revolución. Su padre, Jorge Antonio Rodríguez, líder de la Liga Socialista, murió torturado en 1976 y se convirtió en símbolo de la resistencia frente a un sistema excluyente. Su madre, Delcy Rodríguez, es reconocida como la “matriarca de la Revolución Bolivariana”, y su hermano, Jorge Rodríguez, es un estratega y funcionario político fundamental. Esta cuna de compromiso forjó en ella una convicción inquebrantable, pero también una capacidad notable de adaptación, transitando de la trinchera ideológica hacia la sofisticación de la gestión contemporánea del Estado.

Lejos del perfil dogmático que algunos sectores insisten en dibujar, Rodríguez es una jurista de alto nivel. Graduada con honores en la Universidad Central de Venezuela y con estudios de posgrado en la Sorbona de París, su formación académica es sólida. Su paso por Londres, sumado a su experiencia diplomática, le otorgó una visión global indispensable para proyectar una imagen de elegancia y autoridad —el “lienzo de marca” como herramienta de Estado— empleada estratégicamente para recomponer alianzas y atraer inversiones en mercados internacionales altamente complejos y competitivos.

La dirección estratégica se consolidó en 2018. Con la economía sometida a presión y depresión, asumió con determinación las carteras de la Vicepresidencia, Finanzas y Petróleo. Su movimiento maestro fue priorizar la eficiencia técnica sobre el dogma, integrando al expresidente de Ecuador, el economista Rafael Correa, como asesor de alto nivel. Los resultados de esta apertura son verificables: bajo su supervisión, la producción petrolera alcanzó los 1,2 millones de barriles diarios en 2025 y la economía creció un 8,5 %, liderando los índices latinoamericanos, según datos de la CEPAL, tras 18 trimestres de ascenso sostenido. Hoy, los anaqueles con un 90 % de productos nacionales constituyen el rastro visible de esa reactivación.

Este giro pragmático le ha valido el reconocimiento de instituciones y medios antes antagónicos. The New York Times la describe como “la arquitecta de una reforma de mercado que estabilizó la economía venezolana”, subrayando su habilidad para generar confianza entre las élites económicas y los inversores extranjeros. Este perfil, sumado a su ubicación en el primer orden de sucesión según la Constitución, la ha convertido, durante la transición que atraviesa el país, en una figura indispensable para la sostenibilidad política y económica de 2026.

¿La clave? Una férrea ética de trabajo que sus propios colaboradores califican de confiable. “Es una adicta al trabajo, posee una disciplina excepcional”, afirma Rafael Correa, quien atribuye la estabilidad actual a la capacidad de Rodríguez para escuchar el consejo técnico y ejecutar con precisión. Esa disposición al diálogo constructivo es lo que le ha permitido navegar y superar la crisis más profunda de la historia reciente.

Ahora, como Presidenta encargada, enfrenta su mayor desafío: equilibrar la exigencia geopolítica bajo la presión de la Casa Blanca con las necesidades internas, manteniendo la soberanía como norte. La mujer que creció entre conspiraciones y exilios, que se formó en las mejores aulas de Europa y aprendió a gobernar entonando las letras de «Gloria al Bravo Pueblo que el yugo lanzó, la ley respetando la virtud y honor», tiene ante sí la oportunidad histórica de consolidar una nueva Venezuela. No desde la retórica vacía, sino desde un pragmatismo de resultados que salva naciones. Su historia apenas comienza a escribirse.

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