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De paso hacia Haití

Escribe Lucy Esther Díaz

15/06/2026

Madrid | España 

El 16 de junio, António Guterres hará escala en Quisqueya antes de seguir hacia Haití

Una escala, nada más: el corredor que se atraviesa para llegar a otro lado. Pero ni de paso pierde la ONU la costumbre de dejarnos tarea.

Lo que se le pide a uno

El Sistema de Naciones Unidas aprovecha para recordarle a República Dominicana —citando recomendaciones de hace casi una década— que debe despenalizar el aborto en sus tres causales. Horas después, el alto funcionario seguirá viaje hacia el país con el que compartimos la isla, donde a nadie —ni a la ONU ni a ningún otro organismo— se le ha ocurrido pedir una sola política de control de natalidad. La diferencia es elocuente: a un lado de la frontera se exige reformar el Código Penal; al otro, ni una recomendación.

Lo que no se le pide al otro

Mientras tanto, el porcentaje de partos de madres haitianas en los hospitales públicos dominicanos, que llegó a representar cerca de cuatro de cada diez nacimientos del sistema, alcanzando incluso seis de cada diez en varias localidades, ha caído a poco más de uno de cada seis gracias al protocolo migratorio, una reducción que el propio Estado celebra abiertamente como un “ahorro”.

Resulta que cuando bajan los partos que pagamos, es ahorro; cuando se trata de nuestras propias leyes, es una deuda pendiente con la “comunidad internacional”. La ONU calla ante las grandes tragedias del planeta, pero encuentra tiempo —y presupuesto, y salarios de cinco cifras— para decirle a Quisqueya cómo legislar sobre el cuerpo de sus mujeres, sobre sus políticas migratorias y sobre todo aquello que no se atreve a decirle a ningún otro país.

Mientras tanto, en casa

Y mientras el mundo se ocupa de nuestras leyes, nuestro Congreso se ocupa de las suyas: a principios de agosto entra en vigor la denominada “Ley Mordaza”, que devuelve la cárcel a la opinión, justo cuando el ajuste fiscal anunciado empieza a preocupar a mucha gente que ya venía con los bolsillos apretados.

Llevamos más de un lustro con un sueño que se volvió pesadilla sin final. Y, para colmo, el petróleo —que llegó a 126 dólares tras Epic Fury y hoy ronda los noventa, una baja real— no se traduce en medio peso menos en la bomba. Sube el crudo, sube el precio; baja el crudo y el precio, misteriosamente, se queda congelado.

Al fuñío con J de República Dominicana ya no le queda ni el sueño. Se lo quitaron entre apagones, crisis económica, el Código Penal, la DGII y la factura de la gasolina; y nadie en Naciones Unidas tiene una recomendación para eso.

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