Cuando las advertencias se hacen realidad: Marruecos, la presión sobre España y el nuevo tablero global


Escribe Iscander Santana
Zürich | Suiza
Las dinámicas geopolíticas rara vez se mueven por impulsos repentinos; responden a una cuidada arquitectura de presiones graduales, cálculos de costes y reconfiguraciones de poder. En mi reciente análisis, «Pegasus, Marruecos y España: la frontera invisible», advertí que la relación estratégica entre Marruecos, Israel y Estados Unidos no debía interpretarse como una alianza convencional, sino como un esquema de «alineamientos útiles» diseñado para ejercer coerción silenciosa y modificar el comportamiento diplomático de España en el Mediterráneo y el norte de África.
Hoy, la evolución de los acontecimientos y los debates en los principales foros internacionales confirman, punto por punto, esa lectura. ¿Advertencia cumplida o casualidad geopolítica? La respuesta empieza a escribirse por sí sola.
La confirmación en el análisis internacional
En un reciente diálogo entre el académico Glenn Diesen y el profesor Seyed M. Marandi, se abordó de manera directa la creciente tensión diplomática y territorial que enfrenta España.
La coyuntura no podía ser más oportuna: entre 40.000 y 50.000 personas cruzaron hacia Ceuta en cuestión de horas a finales de julio, muy por encima del episodio de 2021, cuando la cifra rondó entre 9.000 y 12.000 personas.
Marandi subrayó cómo estos episodios de presión coordinada en las fronteras y el cuestionamiento implícito de la soberanía española sobre Ceuta no son fenómenos aislados ni crisis migratorias naturales. Responden, por el contrario, a un mecanismo de penalización —o «castigo»— por parte de actores internacionales ante la posición de Madrid respecto al conflicto de Oriente Medio.
«Existe la creencia generalizada de que esto es un castigo por las políticas de España… Marruecos demuestra ser un aliado leal mientras que España sigue una línea distinta a la del bloque occidental».
— Seyed M. Marandi, en entrevista con Glenn Diesen.
Esta lectura coincide plenamente con la tesis central de mi análisis: Rabat no necesita actuar como un proxy ni como un actor subordinado en sentido estricto. Le basta con aprovechar la cobertura tecnológica, la cobertura de inteligencia y el respaldo diplomático de sus socios estratégicos para elevar el coste de oportunidad de la política exterior española.
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El error recurrente del análisis geopolítico tradicional consiste en buscar señales de un conflicto bélico abierto. Sin embargo, la realidad contemporánea no premia la declaración formal de guerra; premia la coerción silenciosa.
Como planteé anteriormente, el riesgo real para España nunca fue una invasión directa, sino una escalada híbrida: el uso táctico de los flujos migratorios, la presión en el ciberespacio, el espionaje mediante herramientas como Pegasus y las disputas persistentes sobre soberanía y delimitación marítima.
La intervención de Marandi refuerza este punto: el hegemón en declive y sus aliados más estrechos premian la obediencia incondicional y castigan las posturas autónomas.
Cuando Madrid decidió marcar distancias durante la crisis de Gaza, transformó una relación de confianza en otra basada únicamente en el cálculo estratégico. En ese nuevo escenario, Rabat consolidó su valor como pieza clave del tablero geopolítico del norte de África.
La urgencia de una lucidez estratégica
La convergencia entre lo que advertimos desde la prensa y lo que hoy analizan especialistas de referencia internacional demuestra que la ingenuidad diplomática constituye uno de los mayores riesgos para la soberanía de un Estado.
La frontera invisible entre la protección de intereses y la desestabilización indirecta ya ha sido cruzada.
España no se enfrenta únicamente a disputas de vecindad con Marruecos; se encuentra en el centro de una reconfiguración global en la que las presiones se ejercen mediante mecanismos indirectos y los alineamientos regionales se utilizan para condicionar la política exterior.
Que la cifra de llegadas se haya multiplicado por cuatro respecto a 2021 no es un dato menor. Es un indicador de que el mecanismo se está intensificando, no relajando.
Reconocerlo no es alarmismo. Es el requisito indispensable para construir, por fin, una diplomacia autónoma.
Las advertencias ya se hicieron.
Lo que falta es que alguien, en Madrid, decida escucharlas.
Iscander Santana.
El autor es analista independiente en geopolítica, radicado en Zürich, Suiza.
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