Compartir en

Medio Oriente en combustión: treguas frágiles y liderazgos en crisis

Escribe Iscander Santana

02/01/2026

Zürich | Suiza 

– El Medio Oriente cierra el año en un estado de combustión lenta, donde cada tregua es apenas un paréntesis y cada gesto diplomático convive con la sombra de una escalada mayor. Gaza sigue siendo el epicentro de una tragedia humanitaria sin precedentes recientes, mientras Israel navega entre presiones externas, amenazas regionales y una crisis política interna que condiciona cada decisión estratégica. En paralelo, Irán consolida su influencia y mantiene a la región en vilo con su capacidad de proyectar poder más allá de sus fronteras.

Gaza: una tregua que no resuelve nada

La tregua vigente en Gaza ha reducido la intensidad del fuego, pero no ha alterado la lógica del conflicto. Israel mantiene posiciones militares dentro del enclave, construyendo infraestructura que sugiere una presencia prolongada más que una retirada temporal. Hamás, por su parte, conserva capacidad operativa en zonas no controladas directamente por Israel, particularmente en el norte de la franja, donde túneles y estructuras subterráneas permanecen intactas.

La población civil —más de dos millones de personas— sigue atrapada entre ruinas, con aproximadamente el 70 % de las viviendas destruidas o severamente dañadas, según estimaciones de la ONU. A esto se suman desplazamientos forzados que han obligado a cientos de miles de personas a moverse repetidamente entre zonas supuestamente seguras, y un invierno que agrava la emergencia humanitaria con escasez de combustible, agua potable y medicamentos.

La tregua funciona como un mecanismo táctico que permite negociaciones sobre los rehenes israelíes aún en cautiverio, reduce la presión internacional sobre Israel y otorga margen a las partes para reorganizarse militarmente. Sin embargo, no ofrece una salida política ni aborda las causas estructurales del conflicto, entre ellas el bloqueo de Gaza desde 2007, la ocupación de Cisjordania y la ausencia de un horizonte político para un Estado palestino viable.

Irán: el actor silencioso que condiciona todo

Mientras Gaza ocupa los titulares, Irán mueve piezas con una paciencia estratégica que inquieta a Israel y a sus aliados regionales. Sus ejercicios con misiles balísticos capaces de alcanzar objetivos a más de 2,000 kilómetros, su apoyo material y logístico a actores armados en Líbano a través de Hezbolá, su presencia militar en Siria y su respaldo a los hutíes en Yemen forman parte de un tablero geopolítico más amplio.

A esto se suma su creciente cooperación con potencias como China en el ámbito comercial y con Rusia en materia militar, lo que reconfigura alianzas regionales y reduce la efectividad de las sanciones occidentales. Israel, consciente de esta amenaza multidimensional, se prepara para escenarios de escalada que podrían incluir ataques preventivos contra infraestructura nuclear iraní, incluso cuando Estados Unidos sostiene públicamente que un ataque iraní directo no es inminente.

La región vive así en un equilibrio precario, donde cualquier error de cálculo —desde un ataque mal atribuido hasta una respuesta desproporcionada— podría desencadenar un conflicto de mayor escala que involucre simultáneamente a múltiples actores estatales y no estatales.

Netanyahu: liderazgo bajo sospecha judicial

En este contexto, la figura de Benjamin Netanyahu resulta inevitable para entender la dinámica interna israelí. Su gobierno enfrenta procesos judiciales por corrupción, fraude y abuso de confianza que han polarizado profundamente a la sociedad y debilitado la confianza en las instituciones democráticas. Los casos incluyen acusaciones de aceptar regalos lujosos de magnates a cambio de favores regulatorios y de negociar cobertura mediática favorable mediante presiones a empresarios.

Algunos analistas sostienen que un clima de conflicto permanente fortalece su posición política al proyectarlo como un líder indispensable en tiempos de amenaza existencial. Otros señalan que la coalición que lo sostiene —integrada por partidos ultranacionalistas y religiosos ultraortodoxos— tiene incentivos ideológicos para mantener una postura de confrontación que bloquee concesiones territoriales o políticas hacia los palestinos.

Lo verificable, con base en datos objetivos, es que la guerra altera la agenda interna de manera predecible: ralentiza procesos judiciales bajo argumentos de seguridad nacional, desplaza el debate público de la corrupción hacia la seguridad y refuerza la centralidad del poder ejecutivo en detrimento de los contrapesos parlamentarios y judiciales. En un país donde seguridad y política están estructuralmente entrelazadas, esta dinámica resulta determinante.

Las manifestaciones masivas que reunieron a cientos de miles de israelíes en 2023 contra la reforma judicial impulsada por Netanyahu se desvanecieron tras el ataque de Hamás del 7 de octubre, reemplazadas por una unidad nacional forzada que beneficia políticamente al primer ministro. Esta transformación ilustra cómo el conflicto externo puede funcionar, intencionalmente o no, como un mecanismo de consolidación política interna.

Un Medio Oriente atrapado entre inercia y reconfiguración

La región oscila entre dos fuerzas opuestas. Por un lado, la inercia de décadas de conflicto que reproduce ciclos de violencia, desconfianza mutua y soluciones militares a problemas esencialmente políticos. Por otro, la presión de un mundo multipolar en el que potencias globales como Estados Unidos, China y Rusia, junto con actores regionales como Turquía, Arabia Saudita e Irán, disputan influencia en un tablero cada vez más fragmentado.

Los Acuerdos de Abraham, que normalizaron relaciones entre Israel y varios Estados árabes, ofrecieron brevemente una narrativa de paz basada en el pragmatismo económico, pero colapsaron ante la realidad de que ninguna estabilidad regional es sostenible sin resolver la cuestión palestina. Gaza, Irán e Israel no son episodios aislados, sino expresiones de un sistema regional que se recalibra mientras intenta sobrevivir a sus propias contradicciones estructurales.

La pregunta no es si habrá nuevos episodios de violencia —los habrá inevitablemente—, sino si algún actor regional o internacional tiene la capacidad y la voluntad de romper el ciclo mediante iniciativas diplomáticas que aborden las causas y no solo los síntomas. Hasta ahora, la respuesta ha sido consistentemente negativa, y cada tregua no hace más que preparar el terreno para la próxima escalada, en una región donde la combustión lenta puede convertirse en incendio total con alarmante facilidad.

Iscander Santana.
Analista independiente en geopolítica,  radicado en Zürich, Suiza.

Articulos relacionados

Artículos relacionados

Siguenos en...

Suscribete

Suscribete

¡Mantente Conectado con ÁMBITO GLOBAL!

No te pierdas ninguna actualización importante. Suscríbete a nuestro boletín y sé el primero en recibir las últimas noticias, análisis profundos y opiniones sobre los temas que más importan a la diáspora dominicana.

¡Únete a nuestra comunidad informada!

No esperes más, suscríbete hoy y mantente al tanto de too lo que ocurre en tu comunidad, estés donde estés.

Publicidad...