LA COHERENCIA LÍQUIDA: Sobre los principios que fluyen según la temperatura del poder


Escribe Lucy Esther Díaz
Madrid | España
— Zygmunt Bauman, sociólogo polaco sobreviviente primero al nazismo y después al comunismo polaco, se inspiró en el término “liquidez” del economista John Maynard Keynes para acuñar su concepto de “modernidad líquida”: la idea de que las sociedades contemporáneas han disuelto las estructuras sólidas (identidad, trabajo, comunidad, valores) en formas fluidas e inestables que no se fijan en ningún molde permanente.
Escribió sobre el amor líquido, el miedo líquido, la vigilancia líquida. En la perfumada flora de la política dominicana surge una especie silvestre de raíces robustas: la coherencia líquida. Cuando el recipiente es el poder, las convicciones son sólidas como el mármol. Cuando el recipiente es la derrota, esas mismas convicciones se evaporan con pasmosa fluidez y emergen, renovadas, en otro envase más prometedor.
La historia universal ha dado nombre a este fenómeno de distintas maneras. Los romanos lo llamaban opportunitas: la habilidad de leer el viento antes de que los demás sepan que va a cambiar. Charles Maurice de Talleyrand-Périgord, el gran superviviente de la Revolución Francesa, el Imperio y la Restauración, lo practicó con tal maestría que hoy su nombre es sinónimo de pragmatismo sin escrúpulos. Sirvió a Luis XVI, a Maximilien Robespierre, a Napoleón Bonaparte y a Luis XVIII con idéntico entusiasmo declarado. Su secreto, según confesó, era simple: “Nunca he abandonado a nadie que no me abandonara primero”. Distinción cómoda cuando se posee el talento de precipitar ese abandono.
En el Caribe, la coherencia líquida adquiere matices tropicales. Aquí, la clase política, de convicciones variables, no necesita la sofisticación de Talleyrand: le basta una memoria estratégicamente selectiva y una capacidad sorprendente para indignarse exactamente ante aquello que antes aplaudía.
Un método ayer favorable, hoy inviable
Imaginemos —pura construcción de fantasía— a un político que lucha y asciende por reglas internas que lo premian y lo conducen a la cúspide, en pole position para esta complicada carrera. Compite. Pierde, y pierde estrepitosamente, como un rayo en día soleado, marcando un precedente negativo a la baja.
Entonces, desde un nuevo territorio, nebuloso y decorado de índices acusadores, descubre que las reglas que ayer lo catapultaron hoy lo colocarían en seria desventaja. Concluye, tras “analizarlas detenidamente”, que dicho método es injusto e inadecuado, que no puede repetirse y que luchará por imponer, una vez más, su criterio.
La paradoja sería casi filosófica si no fuera tan predecible: un oxímoron quisqueyano. Alguien sube por una escalera y, al llegar arriba, propone retirarla.
El horizonte no ha sido anunciado, pero muchos lo vaticinan
En literatura existe un arquetipo que ningún tratado político ha capturado mejor: el del que regresa a la casa que fue suya y camina en silencio, tocando las paredes, reconociendo cada rincón con la memoria de quien la habitó y la amó. Ya no le pertenece —o siente que le fue arrebatada—, pero su sola presencia, su sola memoria de lo que fue, constituye ya una forma de reclamación. No hace falta gritar ni anunciar nada. Basta con seguir ahí, con una mano todavía adentro y la mirada puesta en otro horizonte. En política, ese umbral tiene un nombre preciso: “todavía adentro”.
Parafraseando a los ensayistas más agudos en la materia, los políticos raramente se van: se reposicionan. La diferencia no es semántica. Irse implica una ruptura definitiva, traumática, con costos y dolor, aunque subsanable cuando ocurre a tiempo. Reposicionarse puede resultar más estratégico y, a largo plazo, más nocivo: es el arte de permanecer en la puerta, con un pie adentro y otro afuera, hasta que la temperatura del nuevo recipiente resulte suficientemente acogedora. Coherencia líquida en estado puro.
¿Y los principios?
Los principios, en este esquema, no desaparecen: se transforman. Se “profundizan”. Se “maduran”. La clase política habla de “evolución”, de “lectura actualizada de la realidad”, de haber “escuchado a la base”, aunque esté ejecutando un giro de ciento ochenta grados. El pueblo, convenientemente, siempre le da la razón —en la versión imaginaria más útil de la voluntad popular.
Hay que reconocerle al fenómeno cierta elegancia técnica. No es sencillo defender hoy exactamente lo contrario de lo que se defendió ayer con idéntica convicción aparente. Requiere un músculo retórico bien entrenado. En ese sentido, la genética ha sido generosa con los dominicanos: músculos resistentes y fácilmente reactivos, capaces de adaptarse a cualquier ecosistema, incluido el político.
La pregunta que queda flotando —líquida también— es una sola: ¿llega un momento en que los votantes (los que aún quedan) dejan de leer los principios y empiezan, simplemente, a leer el patrón? Porque los principios cambian. El patrón, curiosamente, se recicla.
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