CINCO (5) AÑOS DE POLÍTICA EXTERIOR LUIS ABINADER: guardabosques de EE.UU.


Escribe Nelson Del Pozo G
Zürich | Suiza
– El discurso del presidente Luis Abinader en la 80ª Asamblea General de la ONU fue la constatación pública de una doctrina de política exterior perfeccionada en cinco años: la de un Estado que renuncia a su voz soberana para convertirse en el guardabosques de los intereses estratégicos de Estados Unidos.
Frente al clamor mayoritario de la comunidad internacional por Palestina y Gaza, Abinader construyó su intervención sobre un único y conveniente pilar: la crisis en Haití. Convertida en el núcleo de su relato, la situación del país vecino fue utilizada no solo para justificar una postura de seguridad, sino como la moneda de cambio para su silencio cómplice sobre otros temas globales.
Este enfoque calculador le permitió alinear su discurso, palabra por palabra, con la agenda de la administración estadounidense. Mientras EE.UU. lidera y financia la Misión de Apoyo a la Seguridad en Haití, Abinader ofreció su plataforma en la ONU para amplificar esa línea, destacando su apoyo a la intervención y, crucialmente, omitiendo cualquier mención al reconocimiento del Estado palestino que su propio país avaló en 2009.
La estrategia es transparente: presentar la emergencia haitiana como una preocupación nacional tan abrumadora que justifica la abdicación de principios en otros frentes. Al hacer de su discurso un informe sobre Haití, buscó y obtuvo inmunidad diplomática para ignorar el consenso global contra el genocidio y alinearse sin rubor con la posición de Washington.
Esta transacción geopolítica tiene un precio. La República Dominicana, bajo este gobierno, ha canjeado su derecho a una opinión independiente por un lugar en la foto de los aliados incondicionales. Su voz en los foros multilaterales ya no representa una postura soberana, sino que repite, como un eco, las prioridades establecidas por el Departamento de Estado.
El costo de este alineamiento es la irrelevancia moral. Abinader ha convertido a la nación en un actor predecible, cuya autonomía se negocia a cambio de un respaldo que, por definición, es volátil y responde exclusivamente a los intereses de una superpotencia.
Una política exterior progresista y soberana debería poder condenar un genocidio y gestionar una crisis fronteriza simultáneamente, sin que una anule a la otra. La verdadera fortaleza diplomática reside en la coherencia con los principios, no en la sumisión táctica.
Al final de su mandato, el legado de Abinader es claro: ha sido el administrador de una soberanía en venta. Ha preferido el confort de la alineación al valor de la independencia, dejando al país como un guardabosques eficiente, pero siempre a sueldo de un interés estadounidense.
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