CHINA NO ES CAPITALISTA: ES HORIZONTE DEL PRAGMATISMO EN LA GEOPOLÍTICA SOCIALISTA Y MUNDIAL


Escribe Nelson Del Pozo G
Zürich | Suiza
El relato económico global lleva décadas intentando convencernos de que China se ha vuelto capitalista simplemente porque sus mercados financieros desbordan billones de dólares. Esa narrativa occidental es una ilusión cómoda que confunde las herramientas del comercio con la verdadera estructura del poder político. La realidad es que Pekín jamás ha cedido el control del Estado ni ha permitido que el dinero dicte las leyes nacionales. El mercado no es el fin del sistema asiático; es solo el motor técnico que financia su soberanía.
La propiedad básica de la vivienda es el ejemplo más claro de este horizonte donde el socialismo dirige la economía. Mientras las grandes capitales occidentales sufren crisis humanas por la especulación inmobiliaria, China garantiza techo al noventa por ciento de sus familias. El suelo sigue siendo estatal y las casas sirven para vivir, convirtiendo el bienestar común en la prioridad absoluta frente al capital. El hecho de sacar del negocio los derechos humanos fundamentales marca el verdadero rumbo de una gestión que prioriza la estabilidad colectiva.
Occidente despierta ahora de su propio engaño tras haber trasladado ambiciosamente sus industrias clave al territorio de un rival ideológico. Las corporaciones globales buscaron mano de obra barata y terminaron atrapadas en una dependencia estratégica de la que hoy intentan escapar desesperadamente. El control de tecnologías críticas, la inteligencia artificial y las tierras raras permanece bajo la estricta planificación del Partido Comunista. El libre mercado no prosperó en China; por el contrario, fortaleció la capacidad del Estado para dirigir el futuro global.
El capital financiero internacional, fiel a su naturaleza inherente, reacciona ante este escenario con una mezcla de pánico y pragmatismo existencial. Los inversores huyen de la regulación que limita sus ganancias inmediatas, pero regresan obligados por la necesidad de que sus flujos continúen reproduciéndose. La reciente negociación del capital estadounidense con el chavismo gobernante en Venezuela evidencia que el dinero global carece de banderas ideológicas. Las finanzas prefieren someterse al control y la planificación pública antes que arriesgarse a quedar fuera del negocio más rentable.
Las sociedades bajo regímenes democráticos capitalistas, asfixiadas por el encarecimiento de los alquileres y el costo de vida, exigen hoy a sus gobernantes medidas de intervención urgentes. Ciudades icónicas como Nueva York o Los Ángeles ya aplican congelaciones de rentas e inversiones públicas masivas, antes tachadas de radicales. El espejo de la efectividad estatal china obliga al capitalismo local a adoptar herramientas de planificación centralizada para evitar su propia fractura. No es un giro ideológico, sino la pura necesidad de supervivencia de los gobiernos occidentales ante sus crisis materiales.
La tecnología de vanguardia y el manejo masivo de datos han transformado la vieja planificación socialista en un sistema de alta precisión. El mito de que internet descentralizaría el poder político ha sido sepultado por la capacidad de predecir la demanda económica en tiempo real. Los gigantes tecnológicos privados que desafiaron las directrices públicas fueron inmediatamente subordinados y despojados de sus monopolios de información digital. La inteligencia artificial en este modelo no sirve para el enriquecimiento corporativo o individual al estilo de Elon Musk, sino para blindar la estabilidad del régimen.
Un nuevo orden económico mundial se está unificando a pesar del estruendo de las guerras, el vergonzoso genocidio y el cambio climático, bajo esta premisa compartida de seguridad y control por encima del dogma. La globalización hiperconectada del libre comercio puro ha dado paso a una era de bloques pragmáticos que protegen sus sectores estratégicos. El capitalismo y el comunismo ya no se enfrentan como dogmas morales destructivos, sino que coexisten como técnicas de gestión complementarias. El éxito de las naciones modernas dependerá de cómo equilibren la generación de riqueza de mercado con la distribución social.
China no ha traicionado sus principios fundacionales; ha llevado el pragmatismo socialista hacia un horizonte geopolítico inédito para el siglo XXI. Su modelo demuestra que las fuerzas financieras globales pueden ser contenidas, dirigidas y domesticadas en beneficio de los objetivos soberanos de un país. La lección para el mundo es contundente y el texto de la historia se está reescribiendo desde la gestión de la propiedad básica. El mercado mundial sigue vivo, pero el Estado reflejado por el modelo chino evidencia un regreso definitivo para garantizar la equidad y estabilidad de los pueblos.
El autor es analista geopolítico y observador internacional, radicado en Zúrich, Suiza.
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