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60 años después de la invasión de EEUU: ¿soberanía dominicana o dependencia renovada?

por | 27/04/2025

Escribe Milton Jimenez

27/04/2025

  Berna|Suiza 

Este 28 de abril de 2025 se cumplen 60 años de la última invasión militar de Estados Unidos a la República Dominicana. En 1965, en medio de un levantamiento popular liderado por militares constitucionalistas que buscaban restaurar al presidente Juan Bosch —electo democráticamente en 1962 y derrocado por un golpe de Estado un año después— más de 22,000 marines estadounidenses desembarcaron en Santo Domingo. La intervención, justificada por Washington como una medida para evitar una “segunda Cuba” en el Caribe, marcó profundamente la historia contemporánea del país y dejó cicatrices aún visibles en su política, su institucionalidad y su memoria colectiva.

Lo que parecía ser solo un recuerdo del pasado vuelve a cobrar actualidad con una nueva expresión de dominio extranjero: el presidente Donald Trump, en su segundo mandato, ha impuesto un arancel del 10% a todos los productos dominicanos que ingresan a territorio estadounidense. Esta decisión, sin consulta ni diálogo previo, reaviva viejas preguntas sobre la soberanía real del país frente a la potencia hemisférica.

Una historia de intervenciones y tutelaje

La invasión de 1965 no fue un hecho aislado. Estados Unidos ya había ocupado la República Dominicana entre 1916 y 1924, con el pretexto de pacificar al país y garantizar el pago de la deuda externa. En ambos episodios, las fuerzas estadounidenses disolvieron las instituciones dominicanas, instalaron gobiernos controlados desde Washington y diseñaron estructuras militares y económicas a su medida.

Tras la salida de los marines en 1924, quedó sembrada la semilla de la dictadura de Trujillo. Después de 1965, se impuso una democracia tutelada bajo el liderazgo conservador de Joaquín Balaguer, cuyo ascenso fue respaldado por EE.UU. en nombre de la “estabilidad”.

¿Puede llamarse soberano un país cuya historia reciente ha estado condicionada por la voluntad de otro?

El nuevo rostro de la intervención: los aranceles

Hoy, las tropas han sido reemplazadas por sanciones económicas. El arancel del 10% impuesto por Donald Trump a los productos dominicanos no responde a un conflicto bélico ni a una crisis humanitaria. Se trata, sencillamente, de una política proteccionista disfrazada de “defensa del trabajador estadounidense”, que ignora la realidad de los países más pequeños y dependientes de la región.

Esta medida afecta directamente a las exportaciones dominicanas, en especial a sectores como el textil, el tabaco, los productos agrícolas y los dispositivos médicos. Miles de empleos están en riesgo, no por decisiones tomadas en Santo Domingo, sino por decretos firmados a miles de kilómetros de distancia.

Dependencia comercial como mecanismo de control

Más del 50% de las exportaciones dominicanas tienen como destino Estados Unidos. Las remesas, el turismo y la inversión extranjera directa también están profundamente vinculadas al mercado estadounidense. En este contexto, la soberanía dominicana es frágil y condicionada: basta con una orden ejecutiva en la Casa Blanca para sacudir la economía nacional.

A diferencia de las intervenciones armadas del pasado, hoy el control se ejerce con sanciones, tratados desequilibrados y chantajes diplomáticos. No hay marines en las calles, pero sí presión económica y dependencia estructural.

¿Dónde está la voz del Estado dominicano?

Ante la imposición de aranceles, El presidente Luís Abinader y el gobierno dominicano ha reaccionado con tibieza y cautela, temeroso de dañar las relaciones bilaterales. No se ha convocado a una postura firme regional, ni se ha apelado de forma contundente a organismos como la OMC o la CELAC.

Esta pasividad recuerda el silencio que reinó tras las intervenciones del pasado, cuando las élites políticas optaron por acomodarse al nuevo orden impuesto por el extranjero.

Tiene la RD una independencia inconclusa 

La República Dominicana celebra su independencia cada 27 de febrero, pero su soberanía sigue siendo relativa. A 60 años de la última invasión, el dominio ya no se expresa con botas,  desembarcos y fusiles, sino con bancos, acuerdos comerciales y decisiones unilaterales tomadas en Washington.

El desafío hoy no es resistir una invasión militar, sino construir una política exterior digna, una economía diversificada y una diplomacia latinoamericanista que rompa el ciclo de dependencia.

La historia no se repite, pero rima. Y el eco de 1965 resuena hoy en cada medida que amenaza la autodeterminación de los pueblos.

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