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Silencio estratégico: República Dominicana y la guerra que no pelea

Escribe Iscander Santana

10/08/2025

Zürich | Suiza 

—En política internacional, el que no comunica, no existe. Y el que no defiende su postura, termina siendo juzgado por la narrativa ajena. República Dominicana se encuentra atrapada en ese dilema, mientras su vecino Haití se desmorona y el mundo parece mirar hacia otro lado.

El colapso institucional haitiano ya no es una crisis interna: es una amenaza regional. Con más de 200 bandas armadas controlando Puerto Príncipe y sus alrededores, el Estado haitiano ha sido reemplazado por estructuras criminales que cobran peajes, reclutan niños y alimentan el narcotráfico internacional. En este escenario, no solo peligra la frontera; peligra la soberanía dominicana.

Y sin embargo, desde Ginebra hasta Nueva York, el relato dominante no es ese. La narrativa que ha ganado espacio pinta a República Dominicana como un país racista, excluyente, que margina a haitianos por motivos étnicos. ONG’s internacionales, por acciones u omisiones, han contribuido a ese discurso sin matizarlo: Amnistía Internacional, Human Rights Watch y varios medios de comunicación globales han priorizado la denuncia sobre las políticas migratorias dominicanas, ignorando el contexto geopolítico y humanitario.

Mientras tanto, el gobierno dominicano permanece en silencio. Más allá de declaraciones puntuales sobre el riesgo de que Haití se convierta en «una base para el

terrorismo y el narcotráfico», no hay una estrategia comunicacional coherente. No hay campañas diplomáticas, ni alianzas mediáticas, ni voceros internacionales que desmonten el discurso simplista. Peor aún, no hay coordinación narrativa entre sus instituciones: mientras la Cancillería alerta sobre ataques a consulados, el Ministerio de Defensa minimiza los riesgos, debilitando la postura oficial.

Esta desarticulación contrasta dramáticamente con administraciones anteriores. Los primeros gobiernos del PLD, junto con la gestión de Danilo Medina, demostraron capacidades comunicacionales superiores en crisis binacionales. Las administraciones iniciales del partido lograron posicionar al país en foros multilaterales con alianzas regionales sólidas y una presencia

diplomática activa que defendía consistentemente los intereses nacionales. Medina destacó por su coordinación institucional, manteniendo mensajes alineados entre diferentes instancias del Estado y desarrollando mecanismos efectivos de engagement con la comunidad internacional.

Hoy, esa experiencia acumulada parece haberse evaporado. La administración actual enfrenta una crisis de magnitudes históricas con herramientas comunicacionales del pasado, mientras pierde terreno narrativo día tras día.

Y el riesgo es real. La corrupción haitiana alcanza niveles históricos: el 30% de los funcionarios públicos cobra sin trabajar, y miembros del Consejo Presidencial han sido acusados de sobornos millonarios.

Las bandas generan más de 80 millones de dólares anuales, y sus redes podrían cruzar la frontera con facilidad. La infiltración criminal no es una posibilidad remota: es una amenaza silenciosa que avanza mientras el relato dominante distrae a la comunidad internacional.

Pero la crisis trasciende la seguridad fronteriza inmediata. La desestabilización de Haití genera un vacío geopolítico en una región estratégicamente crucial para las rutas comerciales del Caribe y los intereses de seguridad hemisférica. Este vacío no pasará desapercibido para actores internacionales que podrían ver en la crisis una oportunidad para expandir su influencia en la región, desde potencias tradicionales hasta nuevos actores globales con intereses económicos y políticos en América Latina.

La aparente desconexión entre la magnitud de la crisis y el nivel de interés geopolítico que genera a nivel internacional sugiere una subestimación colectiva peligrosa. Mientras la atención global se concentra en otros teatros de conflicto, el Caribe experimenta una transformación silenciosa que podría redefinir los equilibrios de poder en el hemisferio occidental. Y República Dominicana observa desde la barrera, sin voz en el partido que se juega en su propio patio.

República Dominicana no puede seguir cediendo terreno narrativo. Tiene derecho a proteger su frontera, a exigir orden en el flujo migratorio, a pedir que la comunidad internacional asuma su responsabilidad en la reconstrucción de Haití. Pero ese

derecho se desvanece si no se explica, si no se defiende, si no se comunica con la misma intensidad y sofisticación que caracterizó a administraciones anteriores.

La falta de engagement estratégico dominicano coincide peligrosamente con una era de reconfiguración geopolítica global, donde el vacío de liderazgo regional puede ser rápidamente ocupado por actores externos con agendas propias. Sin la capacidad institucional y la visión estratégica para competir efectivamente en el complejo tablero de la geopolítica contemporánea, República Dominicana arriesga convertirse en espectador de su propio destino.

Porque al final, como en toda guerra de relatos, el silencio no se ve como diplomacia: se ve como debilidad.

Iscander Santana.
Analista independiente radicado en Zúrich, Suiza.

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