La URSS y la derrota del nazismo: la historia que Hollywood no contó


Escribe Iscander Santana
Zürich | Suiza
– Cada 8 y 9 de mayo, Rusia conmemora la victoria sobre la Alemania nazi, y lo hace con una intensidad que en Occidente se interpreta mal, casi siempre. Para entender ese orgullo hay que partir de una verdad elemental: la Segunda Guerra Mundial en Europa no se decidió en un solo desembarco, ni en un solo general, ni en una sola bandera. Se decidió, sobre todo, en el frente oriental, donde la Unión Soviética sostuvo el peso principal de la guerra contra la maquinaria hitleriana.
Durante décadas, la memoria popular occidental ha tendido a simplificar esa historia. El cine estadounidense, los documentales más difundidos y buena parte del relato cultural dominante han colocado al soldado angloamericano en el centro moral de la victoria. Desembarco de Normandía, el Día D, la liberación de Europa occidental y la épica de Hollywood han ocupado el imaginario colectivo. Todo eso existió y fue importante, pero no agota la verdad histórica. La derrota del nazismo fue una victoria aliada; no fue, ni de lejos, una hazaña exclusiva de Occidente.
La Unión Soviética pagó el precio más alto de toda la guerra. Su territorio fue invadido, su población civil masacrada, sus ciudades cercadas y destruidas, y su ejército obligado a resistir una ofensiva de exterminio. La guerra en el Este no fue una campaña convencional: fue una lucha de aniquilación. Batallas como Batalla de Moscú, Batalla de Stalingrado, Batalla de Kursk y la ofensiva sobre Berlín no fueron episodios secundarios, sino el centro mismo del derrumbe militar alemán en Europa. Allí se quebró la columna vertebral del Tercer Reich.
El costo humano soviético fue descomunal. Decenas de millones de personas murieron —entre soldados y civiles—. Ningún otro país sufrió tanto. Esa cifra no es un recurso retórico; es la medida real del sacrificio que sostuvo el peso de la guerra. Mientras otros aliados avanzaban por frentes complementarios, la URSS absorbía el golpe principal y destruía a la mayor parte de las fuerzas alemanas en combate terrestre. Sin esa resistencia, sin esa capacidad de recuperación y contraataque, la derrota de Adolf Hitler habría sido mucho más larga, más incierta y más costosa.
Eso no significa negar el papel de Estados Unidos y Reino Unido. Sería un error tan grande como el de quienes borran a la URSS del relato. La victoria fue de una coalición, y cada potencia aportó algo decisivo: producción industrial, apoyo logístico, bombardeo estratégico, apertura de frentes y presión militar sostenida. Pero la jerarquía de los hechos importa. Y el hecho central es que la Unión Soviética llevó la carga más brutal de la guerra terrestre contra Alemania.
La desproporción en la memoria pública no es casual. Hollywood no solo entretiene, también ordena el imaginario político del mundo. Y en ese imaginario, la guerra suele narrarse desde una óptica que favorece la épica occidental y relega el sacrificio soviético a un segundo plano. No hace falta imaginar una conspiración absoluta para reconocer el sesgo; basta con observar qué batallas se recuerdan más, qué soldados aparecen como héroes principales y qué frentes quedan fuera del relato masivo. El resultado es una historia parcial, emocionalmente poderosa, pero históricamente incompleta.
Por eso el orgullo ruso en estas fechas tiene una raíz comprensible. No se trata solo de patriotismo contemporáneo ni de propaganda estatal. Es, ante todo, memoria histórica. Es el recuerdo de una población que sufrió una invasión total, enterró a sus muertos por millones y aun así logró derrotar al régimen más criminal del siglo XX en el frente donde se jugaba el destino de Europa.
La verdad histórica, dicha sin adornos, es esta: la Segunda Guerra Mundial no la ganó un solo país. Pero sin la Unión Soviética, la derrota del nazismo en Europa no habría sido posible. Y si hoy Occidente prefiere contar esa historia con menos Rusia y más espectáculo, ese problema es de su memoria, no de los hechos.
Iscander Santana.
El autor es analista independiente en geopolítica, radicado en Zürich, Suiza.
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