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LA SEGUNDA REPÚBLICA DOMINICANA: UN LLAMADO A REDEFINIR LA POLÍTICA HACIA LA DIÁSPORA

Escribe Nelson Del Pozo G

28/05/2025

Zürich | Suiza

— En las últimas décadas, Europa ha visto florecer una comunidad dominicana que, más allá de preservar tradiciones o añorar el regreso, ha echado raíces profundas en suelo extranjero. Son ciudadanos que, pese a mantener su identidad nacional como bandera, han construido hogares, familias y proyectos de vida lejos de la isla.

A este fenómeno, que propongo identificar desde ahora como la “Segunda República Dominicana”, no podemos seguir ignorándolo. Es una realidad geopolítica y cultural que exige una reinvención urgente de la política exterior dominicana.

La diáspora como identidad permanente

La migración dominicana hacia Europa y otras regiones dejó de ser un éxodo temporal. Se ha convertido en un proceso de arraigo y residencia permanente. Detrás de este fenómeno hay múltiples factores: la búsqueda de estabilidad económica, la huida de la violencia o la falta de oportunidades. Muchos de estos dominicanos, incluso quienes llegaron con la ilusión de retornar, terminan adaptándose a sus nuevos entornos, formando familias y envejeciendo lejos de Quisqueya.

Peor aún: sus hijos, nacidos con doble nacionalidad, suelen sentirse más vinculados a sus países de residencia que a la tierra de sus padres. Para ellos, República Dominicana es un destino vacacional, no un hogar posible.

Este escenario plantea un desafío existencial: ¿cómo mantener vínculos con una comunidad que, aunque se declara dominicana, ha dejado de depender emocional y materialmente de su patria originaria?

Del folclor a las políticas concretas: el agotamiento de la diplomacia tradicional

Hasta ahora, la acción del Estado dominicano hacia su diáspora se ha limitado a un repertorio simbólico: festivales de merengue y bachata, misas por el Día de la Altagracia, efemérides patrias celebradas con chercha, dominó y partidos de softbol. Estas actividades refuerzan la identidad cultural, pero resultan completamente insuficientes ante los desafíos reales que enfrenta la comunidad dominicana en el exterior.

La discriminación, las barreras lingüísticas, la crisis de salud mental por el desarraigo y la dificultad para validar títulos académicos son parte del día a día de miles de dominicanos en Europa. Los consulados, concebidos históricamente como oficinas burocráticas, deben transformarse en centros de asistencia integral.

¿Dónde están los servicios legales para quienes enfrentan procesos judiciales sin orientación? ¿Dónde los programas de inserción laboral, apoyo psicológico, seguros de salud o asesorías fiscales que necesitan tanto quienes tienen baja escolaridad como profesionales altamente cualificados?

Hacia una política de Estado para la Segunda República

La consolidación de esta Segunda República obliga a un giro estratégico:

Primero, reconocerla oficialmente. La diáspora debe ser un eje transversal en las políticas públicas, con presupuestos asignados y representación política real, más allá de figuras simbólicas como los diputados de ultramar, cuya eficacia y conexión con sus representados sigue siendo muy cuestionada.

Segundo, diseñar una agenda de derechos en el exterior, que contemple:

  • Asesoría legal para regularizar estatus migratorios.
  • Convenios bilaterales para acceso a salud, homologación de títulos y profesiones.
  • Redes de apoyo emocional para combatir la soledad y el desarraigo.
  • Programas educativos que faciliten el vínculo con la isla, sin renunciar a la realidad europea.
  • Revisión de políticas fiscales que alivien los costos de envío de remesas y transporte de bienes.

Tercero, integrar a la diáspora en la toma de decisiones nacionales. La doble nacionalidad no es una contradicción, sino una oportunidad geopolítica. La dominicanidad ya no está contenida en una sola frontera.

El futuro de la dominicanidad es transnacional

Ignorar a la Segunda República no es solo un error político, es una injusticia. Estos ciudadanos —que residen en Madrid, Barcelona, Milán, Zúrich, Ámsterdam, Berlín entre otras— siguen aportando a la República Dominicana con remesas, inversiones, conocimiento y cultura. Su bienestar debe ser una prioridad no por caridad, sino por visión de Estado: una diáspora fuerte es también una nación fortalecida.

Santo Domingo debe decidir: ¿seguirá anclado a la nostalgia del dominicano «puro», que solo existe en los discursos, o abrazará la complejidad de una identidad que hoy se escribe en dos continentes?

La Segunda República ya existe. Ahora falta que el Estado la reconozca.

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