La diplomacia del humo y la guerra que no termina


Escribe Iscander Santana
Zürich | Suiza
– Los llamados «diálogos» entre Estados Unidos e Irán, acompañados por gestos grandilocuentes en Francia y reuniones en Suiza, no abren una verdadera salida política. Administran una crisis que sigue viva.
Más que una negociación de paz, lo que se observa es una secuencia de presiones, amenazas, pausas tácticas y mensajes contradictorios: una coreografía que mantiene el conflicto en suspensión, sin resolverlo jamás.
La escena se repite con regularidad mecánica: una firma presentada como histórica, una rueda de prensa cargada de optimismo calculado, una advertencia de Washington y una respuesta de Teherán.
Y, en paralelo, mientras se habla en capitales europeas, el ruido de los misiles resuena en otra frontera. Mientras se negocia, Israel continúa bombardeando Líbano. Mientras se firman protocolos, los ataques multiplican la desconfianza.
Cualquier entendimiento de hoy se vuelve papel frágil mañana, dependiente del siguiente ataque, de la siguiente represalia y de la siguiente provocación.
Irán ha dejado meridianamente clara su posición: no aceptará un alto el fuego real si los bombardeos en Líbano no se detienen.
Esa exigencia no es retórica ni negociable. Significa que Teherán opera desde una lógica de acumulación de fuerza, no de concesión. Acepta hablar porque hablar refuerza su centralidad regional. No renuncia a nada esencial. Entra en el proceso no para salir debilitado, sino para salir con más margen del que tenía al inicio.
Y allí reside la verdad incómoda del escenario: si se observa fríamente la secuencia, el resultado provisional favorece a Irán más de lo que parecía posible. No por una victoria militar, sino por una imposición política. Ha logrado vincular cualquier cese del fuego a la conducta israelí en Líbano. Ha ganado centralidad. Ha obligado a Washington a seguirle el ritmo.
En términos dominicanos: Irán, «salga pato o gallareta», sin importar el desenlace, obtiene ventajas, conserva la iniciativa y hace pagar costos.
Estados Unidos, mientras tanto, permanece atrapado entre la contención y la amenaza, entre la necesidad de controlar y la tentación de demostrar autoridad.
El resultado es una diplomacia de doble discurso: paz por un lado y amenaza de acción militar por el otro.
Esa contradicción debilita la credibilidad de Washington y expone lo que siempre estuvo presente: la inexistencia de una estrategia real; apenas una improvisación bajo presión.
Israel actúa como si la frontera libanesa fuera un espacio de castigo permanente. Los bombardeos no solo destruyen objetivos militares; destruyen también la posibilidad de un acuerdo serio.
Cada ataque añade una nueva capa de desconfianza y vuelve más difícil separar el lenguaje diplomático de la violencia desnuda.
Mientras eso continúe, cualquier protocolo será poco más que escenografía, un parche destinado a caer con la próxima explosión.
El panorama no invita al optimismo. Sugiere una guerra regional administrada por intervalos, con negociaciones diseñadas para contener el desastre sin abordar sus causas.
Y ese arreglo nunca produce una paz estable; apenas compra tiempo. Un tiempo caro, incierto y permanentemente amenazado por la próxima detonación.
La tragedia de fondo es que todos parecen necesitar esta guerra: unos para preservar la presión, otros para proyectar fuerza y otros para no admitir una derrota.
En ese equilibrio enfermo, la población civil paga la cuenta y la diplomacia se convierte en utilería.
Hoy la pregunta no es si habrá paz. La pregunta es cuánto más puede degradarse el escenario antes de que alguien —cualquiera— admita que estos «diálogos» no cierran la guerra.
Solo la aplazan.
Solo la preparan para su próxima fase.
Iscander Santana.
El autor es analista independiente en geopolítica, radicado en Zürich, Suiza.
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