La deuda que ahoga la soberanía: Un legado de corrupción y dependencia


Escribe Nelson Del Pozo G
Zürich | Suiza
La deuda no es solo económica; es política. Es hora de exigir auditorías ciudadanas, impuestos a los más ricos y un modelo que priorice a las mayorías de gente.
«Aquellos polvos trajeron estos lodos«, reza el dicho popular. Y en República Dominicana, la frase cobra vigencia ante la crisis fiscal que hoy amenaza con hipotecar el futuro del país. Danilo Medina, sabiendo cómo se distraían los recursos durante su gobierno, dejó dicho: si no se reducía el déficit fiscal, el próximo gobierno estaría maniatado. Cuatro años después, Luis Abinader heredó ese lastre y, aunque su gestión destacó por una persecución mediática a la corrupción –contrastando con la impunidad de gobiernos pasados–, el problema de fondo persiste: un Estado que sobrevive a base de endeudamiento, mientras la recaudación justa y progresiva brilla por su ausencia.
El reciente rechazo a la reforma fiscal –una medida necesaria, aunque insuficiente si no va acompañada de una lucha real contra la evasión de las élites– deja al país en una encrucijada. Sin recursos, el gobierno recurre a más préstamos internos y externos, beneficiando a bancos y acreedores internacionales mientras ahoga a la población. La historia se repite: en 1916, la ocupación yankee de las aduanas marcó el inicio de un ciclo de dependencia que hoy se replica con otros actores.
Los últimos 25 años han sido testigos de una deuda pública impagable, disfrazada de «progreso». Detrás del relato oficial, los datos revelan desfalcos, patrimonios inexplicables y una corrupción sistémica que convierte la deuda en un arma contra la soberanía. Cada préstamo condiciona políticas públicas, cada emisión de bonos compromete derechos básicos.
Mientras, el pueblo dominicano paga los platos rotos: con menos escuelas, hospitales colapsados y una economía que premia a los mismos de siempre. La deuda no es solo económica; es política. Es hora de exigir auditorías ciudadanas, impuestos a los ricos y un modelo que priorice a las mayorías. Porque, como advirtió Juan Bosch: «Un pueblo endeudado es un pueblo esclavo».
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