EL PELIGRO DE UNA TRANSCULTURACIÓN SIN CONTROL


Escribe Iscander Santana
Zürich | Suiza
La migración sin control en República Dominicana y Europa plantea el riesgo de una transculturación que pone en jaque la cohesión social y la identidad cultural de los pueblos.
Entre los fenómenos demográficos del siglo XXI, pocos impactan con tanta intensidad como los actuales flujos migratorios. A diferencia de las migraciones históricas, que se desplegaban a lo largo de generaciones, las de hoy avanzan con una velocidad que desborda la capacidad de integración de las sociedades receptoras.
En República Dominicana, la presión migratoria proveniente de Haití, y en Europa la llegada masiva desde África y Oriente Medio, han generado percepciones de amenaza cultural. “No es migración, es invasión”, repiten usuarios dominicanos en redes sociales, un sentimiento que encuentra eco en Reino Unido, España y Francia, donde parte de la población interpreta los cambios demográficos como un riesgo para sus identidades nacionales.
La frontera dominicana bajo presión
Haití registra 1.3 millones de desplazados internos en 2025, un aumento del 24% respecto al año anterior. Esa crisis humanitaria impulsa un éxodo constante hacia República Dominicana, donde entre 500,000 y un millón de haitianos residen actualmente, cifra que representa hasta el 10% de la población.
Las autoridades dominicanas deportaron más de 119,000 haitianos en 2025, un 71% más que el año anterior. Sin embargo, ni las deportaciones ni el muro fronterizo han logrado contener un flujo que sostiene sectores como la agricultura y la construcción, pero al mismo tiempo satura hospitales y genera tensiones religiosas entre el vodú haitiano y el catolicismo dominicano.
El panorama se complica con la Constitución haitiana, que considera haitiano a todo hijo de progenitor haitiano, independientemente del lugar de nacimiento. Esto produce estatus legales ambiguos para generaciones nacidas en territorio dominicano, creando una bomba social y jurídica difícil de gestionar.
Europa: dinámicas paralelas
En Europa, el patrón no es distinto. El Reino Unido registró más de 27,000 migrantes cruzando el Canal de la Mancha en 2025, un aumento del 50%. Paralelamente, el nombre Muhammad lidera las estadísticas de nacimientos en varias ciudades inglesas.
En España y Francia, el 54% y el 61% de la población, respectivamente, considera la inmigración “excesiva”. Este sentir impulsa políticas restrictivas y fortalece a la extrema derecha. La expansión de mezquitas y festivales musulmanes genera fricciones con sectores que interpretan los cambios como un “reemplazo demográfico”.
Los riesgos de la transculturación acelerada
En República Dominicana, el volumen migratorio amenaza con diluir la identidad hispana y católica, al tiempo que sobrecarga recursos públicos. La penetración cultural haitiana ya se percibe en expresiones como el gagá, que compite con el merengue tradicional, o en la creciente presencia de nombres francófonos como Pierre y Olivia.
En Europa, la polarización asociada al Brexit o los disturbios en Francia reflejan resistencias frente a transformaciones demográficas aceleradas. Cuando la migración supera las capacidades de integración, florecen sociedades paralelas y surge la percepción de una “colonización por asentamientos”.
Hacia una gestión responsable
La solución no radica en rechazar la migración, sino en gestionarla estratégicamente. República Dominicana necesita combinar un control fronterizo efectivo con cooperación internacional que contribuya a estabilizar Haití. Europa, por su parte, debe articular procesos de asilo más eficientes y acuerdos con países de origen que regulen los flujos de acuerdo con su capacidad real de absorción.
La clave podría estar en equilibrar la apertura humanitaria con políticas que preserven la cohesión social y cultural.
Soberanía cultural en juego
El caso dominicano ilustra los riesgos de una migración descontrolada. La diversidad cultural puede ser una riqueza, pero sin límites claros y políticas coherentes se convierte en un factor de fragmentación.
El reto consiste en mantener la soberanía cultural sin caer en la xenofobia ni en la ingenuidad. Sin una gestión responsable, el futuro estará marcado por la incertidumbre identitaria y la fragmentación política.
Iscander Santana.
Analista independiente en geopolítica, radicado en Zúrich, Suiza.
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