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De la Guerra Fría a la China actual: la paranoia occidental y sus costos

Escribe Iscander Santana

22/11/2025

Zürich | Suiza 

– Occidente ha vivido obsesionado con la idea del enemigo externo que amenaza su orden. Durante la Guerra Fría, el fantasma del comunismo justificó intervenciones militares, golpes de Estado y dictaduras en América Latina. Hoy, el ascenso de China ocupa ese mismo lugar en el imaginario occidental como una amenaza que, más que real, es construida desde el miedo a perder hegemonía. La historia demuestra que esa paranoia no solo distorsiona la política internacional, sino que cobra un alto precio en países periféricos, como lo sufrió República Dominicana en 1963 con el derrocamiento de Juan Bosch.

La paranoia de la Guerra Fría y el precio dominicano

En los años sesenta, Estados Unidos interpretaba cualquier reforma social como un paso inevitable hacia el comunismo. América Latina fue tratada como “patio trasero”, donde se imponían golpes de Estado para frenar gobiernos reformistas que Washington consideraba peligrosos, no por amenazas militares concretas, sino por su potencial ideológico.

En República Dominicana, Juan Bosch fue electo democráticamente en 1962 con un proyecto progresista que defendía derechos laborales, limitaba privilegios militares heredados de la dictadura trujillista y buscaba justicia social mediante reforma agraria. Su Constitución, considerada una de las más avanzadas de América Latina en su momento, establecía límites al poder económico concentrado y garantizaba derechos sociales inéditos en la región.

Apenas siete meses después, Bosch fue derrocado mediante un golpe militar. La justificación oficial fue su supuesta cercanía ideológica con la izquierda y el temor de Washington a que el país se convirtiera en “otra Cuba”, a pesar de que Bosch era socialdemócrata, no comunista, y había expresado públicamente su rechazo al modelo soviético. El golpe abrió paso a décadas de inestabilidad, represión y la posterior invasión estadounidense de 1965, mostrando cómo la paranoia occidental podía destruir procesos democráticos incipientes para prevenir amenazas imaginarias.

China como el nuevo enemigo construido

Hoy, el discurso occidental repite patrones estructuralmente similares. El crecimiento económico y tecnológico chino es presentado como una amenaza existencial a la democracia liberal, no por agresiones militares documentadas, sino por su mera capacidad de ofrecer un modelo alternativo de desarrollo que no requiere adoptar instituciones políticas occidentales.

Declaraciones incendiarias sobre Taiwán, como las de líderes japoneses alineados con Washington que sugieren intervención militar preventiva, aumentan deliberadamente las tensiones en Asia sin aportar soluciones diplomáticas. En América Latina, movimientos estadounidenses en Venezuela y Colombia buscan frenar la influencia económica china mediante presión militar y sanciones, reactivando viejas lógicas intervencionistas que la región creyó superadas.

La similitud con la Guerra Fría es estructural. Se exagera la amenaza para justificar alianzas militares, aumentos presupuestarios de defensa y políticas de contención que aíslan económicamente al adversario designado. Pero existe una diferencia fundamental que Occidente se resiste a reconocer: a diferencia de la URSS, que exportaba revolución ideológica y apoyaba movimientos armados, China ofrece cooperación económica mediante infraestructura, comercio y financiamiento sin condicionalidad política explícita. No exige que los países adopten su sistema político, solo que comercien.

Las consecuencias predecibles de repetir errores históricos

El patrón es claro y documentado. En la Guerra Fría, la paranoia costó democracias como la de Bosch y consolidó dictaduras que Washington apoyó activamente mientras proclamaba defender la libertad. Chile bajo Pinochet, Argentina bajo Videla o Brasil bajo la dictadura militar recibieron respaldo estadounidense porque combatían el comunismo, sin importar sus violaciones masivas a derechos humanos.

Hoy, la paranoia frente a China puede costar estabilidad global y credibilidad política occidental, empujando a potencias tradicionales hacia posturas beligerantes que las aíslan diplomáticamente. Países del Sur Global observan cómo Occidente, que durante décadas prometió cooperación basada en reglas, ahora exige que elijan bandos y renuncien a relaciones comerciales beneficiosas con China bajo amenaza de sanciones.

En ambos casos, el miedo a perder hegemonía termina debilitando más a Occidente que a sus supuestos enemigos. La URSS no colapsó por presión militar estadounidense, sino por contradicciones internas. Si China enfrenta crisis futuras, será por sus propios desafíos demográficos, económicos y políticos, no porque Occidente logre contenerla mediante alianzas militares que muchos países del Sur Global perciben como restos de colonialismo.

Reconocer la multipolaridad o repetir la historia

La paranoia occidental es más peligrosa que el enemigo que construye. En los años sesenta, República Dominicana perdió la oportunidad de consolidar una democracia social progresista por el miedo irracional de Washington a reformas que nunca amenazaron intereses estratégicos reales. Hoy, ese mismo miedo frente a China amenaza con provocar errores estratégicos que pueden desestabilizar regiones enteras mediante guerras comerciales, tensiones militares en Asia-Pacífico y la fragmentación del sistema multilateral que Occidente mismo construyó tras 1945.

Reconocer que un mundo multipolar no es una amenaza, sino una realidad inevitable —y potencialmente una oportunidad para relaciones internacionales más equilibradas— es el paso que Occidente aún se resiste a dar. Mientras tanto, los costos de su paranoia los siguen pagando los pueblos que quedan atrapados en su tablero geopolítico: dominicanos en 1963, venezolanos y colombianos hoy, y probablemente taiwaneses mañana si la escalada continúa.

La pregunta no es si China representa desafíos al orden liberal —los representa—. La pregunta es si esos desafíos justifican repetir los errores de la Guerra Fría o si Occidente puede aprender de su propia historia y construir coexistencia sin subordinación. Hasta ahora, las señales sugieren que la paranoia sigue siendo más fuerte que la memoria histórica.

Iscander Santana.
Analista independiente en geopolítica,  radicado en Zürich, Suiza.

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