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El Mundial del doble rasero

Escribe Iscander Santana

18/06/2026

Zürich | Suiza 

– El fútbol mundial presume de universalidad, pero cada vez se parece más a un mapa de privilegios, castigos selectivos y silencios calculados. Rusia fue apartada con rapidez tras el inicio de su operación militar en Ucrania, mientras otros actores implicados en guerras y bombardeos reciben un trato mucho más flexible.

Esa asimetría no es una anécdota; es una señal de que la moral deportiva se aplica según quién sea el afectado, según quién tenga poder dentro del sistema y según quién pueda permitirse el lujo de la impunidad.

Rusia fuera, otros no

Cuando Rusia entró en Ucrania, la FIFA y la UEFA suspendieron de forma inmediata a sus equipos y clubes. El Comité Olímpico Internacional también mantuvo restricciones a Rusia y Bielorrusia, reafirmando posteriormente esa línea sancionadora.

Sin embargo, ante Israel y Estados Unidos, el lenguaje institucional ha sido mucho más cauteloso. Incluso cuando existen denuncias graves, incluso cuando se han presentado solicitudes formales de suspensión, la respuesta ha sido la cautela.

El resultado es incómodo, revelador e inadmisible: el deporte internacional castiga con dureza a unos y protege a otros bajo el mismo conjunto de reglas que, al parecer, solo rige para algunos.

Irán y la humillación logística

La situación de Irán en el Mundial expone esa contradicción de forma casi pedagógica. La selección iraní dormirá en México y viajará a Estados Unidos únicamente los días de sus partidos, después de que Washington rechazara alojar al equipo durante el torneo.

Es una solución logística, sí, pero también un síntoma político, un mensaje institucional y una advertencia disfrazada de pragmatismo. Un Mundial que se vende como una celebración global termina imponiendo barreras y excepciones a una selección concreta.

En la práctica, la hospitalidad se vuelve condicional, la neutralidad se vuelve decorativa y la bienvenida universal se revela como un espejismo.

Sede y poder

Conviene corregir otro punto: el Mundial de 2026 no lo organiza únicamente Estados Unidos, sino conjuntamente con México y Canadá.

Esa coorganización no elimina la crítica; la complica. Porque, aun siendo una sede compartida, el peso estadounidense en infraestructura, mercado y decisiones políticas es enorme.

Y cuando la sede mayoritaria coincide con una potencia que participa en conflictos al mismo tiempo que controla gran parte del operativo del torneo, la idea de un terreno neutral pierde credibilidad. No es un detalle administrativo; es la médula de la cuestión.

La sombra de la FIFA

La historia de cómo llegó este Mundial a Norteamérica no puede separarse de la crisis de corrupción que sacudió a la FIFA. El caso se aceleró con las investigaciones del FBI, con el derrumbe del liderazgo de Sepp Blatter y con el reacomodo institucional que abrió paso a Gianni Infantino.

No hace falta exagerar ni convertirlo en un mito. Basta recordar que el proceso estuvo marcado por acusaciones de sobornos, detenciones y una profunda pérdida de legitimidad.

Desde entonces, la FIFA ha hablado mucho de reforma, pero sigue actuando como una maquinaria donde el poder político y económico pesan más que la coherencia ética. Las palabras cambiaron; el funcionamiento, no.

La neutralidad como máscara

El gran problema no es que el deporte tenga política; siempre la tuvo. El problema es que la oculta detrás de discursos de unidad mientras administra castigos desiguales.

Si una guerra justifica expulsiones inmediatas en un caso, pero en otro solo produce cautela, multas o silencio, entonces ya no hablamos de principios universales, sino de conveniencia geopolítica.

Y cuando una selección debe dormir fuera del país anfitrión para poder competir, el mensaje es brutalmente claro: el Mundial no pertenece por igual a todos; pertenece a los que tienen poder, a los que pueden y a los que importan.

El fútbol dice representar al mundo. Pero un mundo en el que unos son sancionados sin piedad y otros protegidos por su peso geopolítico no es un mundo deportivo; es un orden jerárquico disfrazado de fiesta, una ilusión de universalidad, una mentira bien empaquetada.

Iscander Santana.
El autor es analista independiente en geopolítica,  radicado en Zürich, Suiza.

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