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EL LEÓN, EL SABIO Y LA ELECCIÓN DEL JOVEN QUE DEFINIÓ SU VIDA

Escribe Lic. Domingo Ramírez

24/06/2025

Ciudad de Panamá | Panamá 

— El éxito no llega solo. A veces se presenta como esfuerzo, como riesgo, como decisión. Esta historia te hará pensar: ¿cuántas oportunidades has dejado pasar?

Introducción

Vivimos en una época donde muchos quieren resultados rápidos, sin esfuerzo, sin sacrificio. Pero la verdad es que las grandes recompensas no llegan envueltas en comodidad. Muchas veces vienen disfrazadas de incomodidad, de trabajo duro, de decisiones que no siempre nos agradan. Esta fábula —basada en un relato compartido por William Arana— es más que un cuento: es un espejo. Nos muestra cómo muchas veces tenemos frente a nosotros las respuestas, los recursos, la oportunidad exacta… y no la tomamos. No por falta de capacidad, sino por falta de voluntad. ¿Y tú? ¿Estás dispuesto a ver más allá de la incomodidad para encontrar tu propósito?

Fábula: El joven que no aprovechaba las oportunidades

Basado en una fábula compartida por William Arana

Había una vez una madre muy dedicada que vivía con su hijo, conocido en todo el pueblo como el más desmotivado. No ayudaba en la casa, no buscaba trabajo y pasaba el día entero acostado, soñando despierto.

Una tarde, cansada y preocupada, su madre se acercó con firmeza, pero con amor, y le dijo: Hijo, yo me esfuerzo todos los días para que no te falte comida, y tú ni siquiera te levantas de la cama. Me duele verte así. El joven, con total tranquilidad, respondió: —No te preocupes, mamá. Algún día vamos a tener mucho dinero y ya no tendrás que trabajar más. — ¿Y cómo piensas conseguirlo si no haces absolutamente nada?Preguntó ella. —Dicen que más allá de la montaña vive un sabio que conoce el secreto para lograr una vida próspera.

Voy a ir a buscarlo —respondió él. Al día siguiente, por primera vez en su vida, el joven emprendió un camino por su cuenta. En el trayecto, se encontró con un león muy delgado, que apenas podía sostenerse. — ¿A dónde te diriges, joven? Le preguntó el león. —Voy a ver al sabio. Quiero que me diga cómo vivir sin tantas preocupaciones. — ¿Podrías preguntarle algo por mí? Por más que como, no logro recuperar mis fuerzas. —Claro que sí —respondió el joven. Más adelante, vio un árbol con los frutos arrugados. El árbol, con tristeza, le dijo: — ¿Vas a ver al sabio? ¿Podrías preguntarle por qué mis frutos se dañan antes de madurar? —Con gusto— dijo el joven. Casi al final del camino, llegó a un lago. Allí, un pez apenas asomaba la cabeza y, con dificultad, le habló:

Por favor, ayúdame. Tengo algo atorado en la garganta. Si ves al sabio, pregúntale qué debo hacer. —Así lo haré— prometió el joven. Finalmente, encontró al sabio sentado en lo alto de una colina, contemplando el atardecer. —Hola, señor sabio —dijo el joven—. He venido porque quiero lograr una vida de abundancia. También traigo preguntas de otros que encontré en el camino.

El sabio lo miró con calma y respondió:

Escucha bien: el pez tiene una gema atrapada. Si alguien la retira con paciencia, podrá recuperarse. Quien lo ayude podrá quedarse con la joya. El árbol tiene un tesoro enterrado bajo sus raíces; si alguien cava, volverá a dar frutos sanos. Y el león solo podrá recuperar su fuerza si encuentra a alguien que haya pasado por todo un camino sin aprovechar ninguna oportunidad. —¿Y yo? ¿Qué tengo que hacer para lograr lo que busco?—preguntó el joven. —Solo debes regresar por donde viniste— le dijo el sabio con serenidad.

El joven creyó que eso significaba que no debía hacer nada más. Así que, confiado, emprendió el camino de regreso. Al llegar al lago, el pez le suplicó: —Por favor, sácame la piedra. La joya será tuya si me ayudas. —¿Entrar al agua fría? No, gracias. El sabio me dijo que solo debía regresar— respondió el joven. Más adelante, el árbol le habló: —Escava bajo mis raíces. Allí está el tesoro que mencionó el sabio. — ¿Usar mis manos para cavar? Eso es demasiado esfuerzo —dijo el joven, y siguió caminando. Finalmente, se encontró con el león. — ¿Qué te dijo el sabio sobre mí? —preguntó el animal. —Que podrías recuperar tu fuerza si encontrabas a alguien que no aprovechara nada de lo que se le ofreciera — respondió el joven. —Entonces me encontraste justo a tiempo —dijo el león, con una sonrisa. Y así, el joven comprendió —aunque tarde— que la comodidad excesiva también tiene consecuencias

Reflexión y Enseñanza:

La comodidad excesiva también tiene consecuencias: El joven tuvo oportunidades claras: una joya, un tesoro, una decisión que podía cambiar su vida.

Pero no quiso moverse, no quiso mojarse, no quiso cavar. No quiso hacer nada que le implicara esfuerzo. Y al final, perdió todo. ¿Cuántas veces hacemos lo mismo?

Tenemos la idea. Tenemos el talento. Tenemos incluso la oportunidad. Pero la dejamos pasar porque requiere incomodarnos un poco. Porque exige sacrificio.

Porque no queremos salir de la zona que todo lo tenemos.

El éxito es una siembra constante, no un golpe de suerte: Muchos quieren resultados en un mes, en un año. Pero el éxito no es un evento, es una construcción diaria. No se trata de correr, se trata de persistir. Lo que siembras hoy —aunque no veas resultados inmediatos— dará fruto en su tiempo… si no dejas de cultivar.

Nadie logra cosas grandes con esfuerzos pequeños. Si quieres una vida diferente, tienes que tomar decisiones diferentes. Persistir cuando otros se rinden.

Aprender cuando otros se quejan. Insistir cuando todo parece difícil.

No se trata de suerte, se trata de rumbo: Hay una frase que dice: “El que no sabe para dónde va, cualquier camino es bueno, para no llegar a ningún lado, ya llegó.” Y es cierto. Si vives sin propósito, sin dirección, entonces cualquier camino es válido… y eso es lo más peligroso. El éxito comienza con una visión clara.

¿Sabes lo que realmente quieres? ¿O solo estás sobreviviendo cada día esperando que algo bueno ocurra sin hacer nada?

Tus decisiones definen tu destino: El joven de la historia no era malintencionado.

Solo estaba desconectado de su propósito. Y como él, muchos hoy están dejando escapar cosas valiosas por no querer dar ese paso incómodo. Pero la vida premia al que actúa, al que se arriesga, al que se levanta.

Conclusión:

Esta fábula no habla solo del joven. Habla de ti, de mí, de todos nosotros cuando

ignoramos las oportunidades que la vida nos pone en el camino. A veces esperamos algo grande y brillante, pero las verdaderas oportunidades se presentan envueltas en esfuerzo, trabajo, disciplina o incluso dolor. Muchos las dejan pasar por comodidad o miedo. Pero tú aún estás a tiempo. No naciste para ver pasar la vida desde la orilla. Naciste para sumergirte, para decidir, para construir algo que tenga sentido. La vida no te va a insistir eternamente. Hay puertas que se abren solo una vez. Y si no entras, alguien más lo hará. Así que no lo pienses más: agradece, levántate, y hazte cargo de tu destino. El éxito no es para los que esperan… es para los que se atreven.

Hasta la próxima entrega,
Lic. Domingo Ramíre.

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