EL INVIERNO DEL DESCONTENTO: ¿es la oscuridad el arma definitiva de Putin?


Escribe Iscander Santana
Zürich | Suiza
– La guerra en Ucrania ha entrado en una fase donde el campo de batalla ya no se limita a las trincheras del Donbás, sino que se ha trasladado al termostato de cada hogar en Kiev. Tras los recientes incidentes con drones en las proximidades de la residencia presidencial rusa en Valdái, a finales de diciembre de 2025 —un complejo que, según informes de inteligencia occidental, alberga instalaciones vinculadas al círculo presidencial—, la respuesta de Moscú no se ha hecho esperar. Pero esta vez, el mensaje no es solo militar, sino profundamente psicológico.
El Oreshnik y la pedagogía del miedo
La reciente introducción del misil hipersónico Oreshnik marca un punto de inflexión en la estrategia rusa. No es solo un vector de destrucción, sino una herramienta de comunicación estratégica. Al utilizar tecnología de ojivas múltiples MIRV, capaz de burlar cualquier sistema de defensa actual —incluidos los Patriots y los NASAMS que protegen Kiev—, el Kremlin envía un mensaje claro a la población ucraniana y a sus aliados occidentales: la invulnerabilidad es un mito.
Esta “pedagogía del terror” busca demostrar que Rusia tiene la capacidad de golpear centros de toma de decisiones o infraestructuras críticas en cuestión de minutos, dejando a las ciudades en una situación de indefensión tecnológica absoluta. El Oreshnik, con velocidad superior a Mach 10, reduce el tiempo de reacción a prácticamente cero, lo que convierte cualquier objetivo en Ucrania en potencialmente vulnerable.
La guerra contra el espíritu civil
Durante los primeros años de la denominada “Operación Militar Especial”, ciudades como Kiev o Leópolis lograron mantener una precaria burbuja de normalidad: cafés abiertos, escuelas funcionando de forma intermitente y una vida urbana que, aunque afectada, continuaba. Hoy, esa burbuja ha estallado definitivamente.
Al dirigir sistemáticamente drones Geran-2 y misiles de crucero contra la red eléctrica en el pico más gélido de enero de 2026, con temperaturas que rozan los –18 °C, Rusia está utilizando el clima como un multiplicador de fuerza. No se trata solo de apagar luces, sino de quebrar la resistencia civil mediante un cálculo frío. El frío constante agota la paciencia y la voluntad de lucha de quienes, hasta ahora, se sentían relativamente protegidos en la retaguardia.
Además, esta estrategia fuerza al gobierno de Zelenski a un dilema ético imposible: destinar sus escasos sistemas de defensa aérea a proteger el frente militar, donde se libran las batallas decisivas, o redirigirlos hacia las ciudades para proteger hospitales, centrales térmicas y la infraestructura que mantiene viva a la población civil. Cada misil Patriot utilizado para derribar un dron iraní Shahed-136, que cuesta unos 20 000 dólares, es un misil que no estará disponible para interceptar un Kinzhal hipersónico de 10 millones, capaz de destruir un depósito de municiones.
¿Estrategia de victoria o confesión de límites terrestres?
Esta táctica de “tierra quemada energética” admite una doble lectura según la perspectiva analítica. Para observadores pro-rusos, es la demostración de que Moscú ha recuperado la iniciativa estratégica y utiliza su superioridad misilística, acumulada durante tres años de guerra, para forzar una negociación en sus propios términos. Desde esta óptica, la presión sobre la infraestructura civil es un método legítimo para acelerar el fin del conflicto mediante coerción.
Para analistas críticos del Kremlin, esta escalada contra la población civil es el reconocimiento implícito de que el avance terrestre es demasiado lento y costoso en vidas rusas, obligando a recurrir al castigo indiscriminado de civiles para obtener concesiones políticas que el ejército no logra arrancar mediante operaciones convencionales. El hecho de que Rusia necesite atacar infraestructura civil para “ablandar” la resistencia sugiere que su capacidad de victoria militar convencional es limitada.
Lo verificable es que la represalia por los ataques con drones a instalaciones en territorio ruso ha escalado el conflicto a un nivel de crudeza que no se veía desde los bombardeos masivos de febrero y marzo de 2022. Organizaciones humanitarias documentan que millones de ucranianos enfrentan cortes eléctricos de entre 12 y 18 horas diarias en pleno invierno, con consecuencias directas sobre la salud pública, especialmente en hospitales que dependen de generadores con combustible cada vez más escaso.
El factor resistencia: ¿agotamiento o radicalización?
La pregunta que queda en el aire es si el pueblo ucraniano, tras cuatro años de resistencia y cientos de miles de bajas militares y civiles, sucumbirá ante la falta de calor y electricidad o si este nuevo castigo reforzará, paradójicamente, su determinación. La historia militar ofrece ejemplos contradictorios.
Los bombardeos estratégicos alemanes sobre Londres en 1940-41 no quebraron la moral británica, sino que la radicalizaron. Los bombardeos estadounidenses sobre Vietnam del Norte entre 1965 y 1973 no lograron doblegar a Hanói. Pero el sitio de Leningrado, donde el frío y el hambre mataron a cientos de miles, se convirtió en un trauma nacional que marcó generaciones.
Ucrania enfrenta ahora su propio invierno del descontento, donde la oscuridad no es solo ausencia de luz, sino un arma estratégica calculada. Si esta táctica logrará su objetivo de erosionar la voluntad de resistencia o si, por el contrario, generará una determinación aún más férrea de no ceder ante Moscú, solo el tiempo —y la capacidad de resistencia material y psicológica del pueblo ucraniano— lo dirán.
Iscander Santana.
Analista independiente en geopolítica, radicado en Zürich, Suiza.
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