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El Estado, goleado en su propio territorio

Madrid | España 

Aquellos que en Europa han ido a un partido en Madrid, Milán, Zúrich o París conocen la coreografía: anillos de seguridad a cientos de metros del estadio, tornos, controles rigurosos, agentes armados con unidades caninas, fanaticadas separadas, boletas repartidas para que ningún bando se adueñe de las gradas, calles cerradas horas antes. Es rutina, no heroísmo. En Santo Domingo, el jueves 1 de octubre, la rutina se quedó en el papel, y lo que quedó sobre el césped fue la humillación: un rival que celebró sus goles proclamando suya la isla, en nuestra casa, ante nuestra Policía y bajo nuestra bandera.

El plan existía: acceso exclusivamente peatonal, más de 23.000 boletas agotadas días antes. Nadie puede alegar sorpresa. Aun así, cientos de personas sin boleta llegaron hasta los portones, empujaron y una puerta del Félix Sánchez, remozado con nuestros impuestos, terminó en el suelo. ¿Detenidos? Ni uno. Deportes y Fedofútbol, desbordados. La Policía, superada. La inteligencia, que podía leer en las redes lo que se cocinaba, ausente. Migración, tan diligente al día siguiente con sus operativos en Los Alcarrizos, invisible. Salud Pública, sin ambulancias a la vista. La Digesett y el Intrant, que dejaron convertir la Kennedy en parqueo, solo aparecieron con las grúas.

Y aquí está lo que más indigna. Ese mismo Estado que esa noche no encontró un antimotín sabe muy bien dónde los guarda. Para muestra, algunos botones: los encontró en marzo de 2023, cuando cayeron bombas lacrimógenas en la Casa Nacional del PLD, y lo que la Policía negó después, lo respiramos todos. Los desplegó en masa frente a los tribunales durante las audiencias de los casos SENASA y Jet Set. Los encontró en junio para dispersar con gases a los agrónomos de la ANPA, que pedían pensiones dignas. Lo ha hecho también con el Colegio Médico Dominicano. Y hace apenas diez días, supuestos antimotines lanzaron lacrimógenas dentro del salón donde Gonzalo Castillo celebraba un encuentro pacífico. Comunitarios de San Juan y Cotuí que defienden su agua y su tierra, una manifestación en Friusa para protestar contra el desorden migratorio: todos conocen la firmeza del Estado. Con los dominicanos, mano de hierro; con los únicos que han derribado la puerta del estadio Félix Sánchez, guantes de seda. Cuando la firmeza se reserva para los propios, ya no hablamos de incompetencia, sino de una complacencia que se parece demasiado a la complicidad.

Ocho días antes del partido, el presidente Abinader proclamaba ante la Asamblea General de la ONU que la solución de Haití está en Haití. Pero de nada sirve vociferar un principio en un atril de Manhattan si en la avenida Kennedy se practica lo contrario. La soberanía que se defiende en un atril y se abandona en un portón no es política de Estado: es discurso de exportación. El Evangelio de Mateo retrató a escribas y fariseos con una frase lapidaria: «dicen, y no hacen». Es nuestro mantra infaltable, porque cada día los hechos se encargan de confirmarlo.

Lo del Olímpico fue un simulacro gratuito, y lo reprobamos. Si una multitud sin organización desborda al Estado en plena capital, ¿qué pasará ante una estampida migratoria en la frontera, o ante una protesta violenta, por el motivo que sea, frente a un hospital o un ministerio? Las grúas, eso sí, funcionaron: al día siguiente, los dueños de los vehículos estacionados salvajemente, en su mayoría haitianos, hacían fila para pagar sus cinco mil pesos. Y el sábado ardieron gomas frente al Olímpico sin que nadie haya explicado todavía quién ni por qué.

Desde la diáspora uno aprende que la seguridad no se nota cuando funciona. En Santo Domingo se notó porque no estaba. Y si el Estado no sabe cuidar la puerta de un estadio, ¿cómo pretende cuidar una frontera?

Eso sí, al jueves negro del Olímpico hay que reconocerle un mérito: ya nadie habla del escándalo del INABIE y sus licitaciones del almuerzo escolar; ya se olvidó el asalto a Julián Oro Duro y el asesinato de su esposa; nadie menciona los préstamos recientes ni los infaltables apagones. Una noticia excelente para desorientar aún más a la gente. Lo que queda, cuando se disipa el humo, es una caída estrepitosa de soberanía y una demostración palpable de improvisación, incompetencia, ineficacia e ineficiencia.

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