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DE LA SOCIEDAD LÍQUIDA A LA SOCIEDAD AIRE

Escribe Nelson Del Pozo G

03/12/2025

Zürich | Suiza

– Hace apenas unas décadas, el sociólogo Zygmunt Bauman nos entregó una metáfora perfecta para entender nuestro tiempo: la «sociedad líquida». Con ella describió una era de disolución donde todo lo que alguna vez pareció sólido y duradero —las instituciones, los empleos, los vínculos humanos— comenzó a licuarse, adoptando una volatilidad y una provisionalidad constantes. En este mundo líquido, la vida se asemejaba a un fluido que se adapta a su recipiente; la estabilidad cedió su lugar a la flexibilidad obligatoria y la incertidumbre se convirtió en la nueva normalidad.

Sin embargo, el reciente y vertiginoso irrumpimiento de la Inteligencia Artificial (IA) acelera esta transformación hasta un punto crítico, impulsándonos hacia lo que puede definirse como la «Sociedad Aire». Esta es la fase sociocultural sucesiva a la modernidad líquida, caracterizada por una volatilidad extrema y una desmaterialización de las estructuras básicas de la realidad. Si en la liquidez las formas aún se adaptaban a un recipiente —aunque fuera de manera provisional—, en el estado gaseoso estas se evaporan, perdiendo toda constancia y contorno. Este tránsito se manifiesta en fenómenos aparentemente desconectados: desde la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) que recientemente afectó a España, donde un fenómeno climático extremo demostró cómo lo más sólido (el territorio, las infraestructuras) puede verse arrasado en horas por fuerzas atmosféricas impredecibles, hasta declaraciones como las del influenciador Santiago Matías —Alofoke—, quien afirmó tener «con este dedo el poder de escoger al próximo presidente RD» para 2028, mostrando cómo la influencia política ahora puede residir en capitales de confianza tan volátiles como el viento. Frente a esto, la desesperada búsqueda de muros físicos y fronteras duras en la geopolítica, o el auge de ideologías identitarias rígidas, pueden leerse no como negaciones, sino como reacciones sintomáticas a esta evaporación generalizada: el anhelo angustiado de un recipiente en un mundo que ya no los contiene.

Esta Sociedad Aire se manifiesta con crudeza en el mundo del trabajo, un ecosistema donde el trabajo, el conocimiento y las relaciones adquieren una cualidad intangible. Bauman ya alertaba sobre la precariedad laboral, pero hoy esto se intensifica. La IA y la automatización no solo desplazan empleos, sino que redefinen profesiones enteras en un instante, creando un entorno donde la única certidumbre es la necesidad de un aprendizaje permanente. Las trayectorias profesionales lineales son un recuerdo lejano, disueltas en la atmósfera de un mercado laboral que es puro cambio, sin forma fija. El conocimiento mismo, antaño un activo sólido, se vuelve gaseoso: caduca a velocidad de vértigo, y lo que hoy es una competencia clave mañana es automatizable. Esto nos sitúa en la paradoja de tener que poseer saber para aplicarlo, en el mismo instante en que su valor de uso se evapora.

La esfera de las relaciones humanas y nuestra percepción de la realidad no se libran de esta evaporación. Las conexiones profundas y duraderas dan paso a vínculos digitales, superficiales y provisionales. La cultura “snack”, compuesta por nanocontenidos fugaces, domina nuestro paisaje cultural. La IA, capaz de generar noticias, imágenes y discursos convincentes en segundos, añade una capa de incertidumbre epistemológica: ¿qué es real y qué es artificio? La sensación es análoga a tratar de describir una ráfaga de viento: se siente su efecto con intensidad, pero es imposible de agarrar o contener, generando una experiencia perpetua de desarticulación. Si las relaciones son aire, nuestra vida emocional se ve determinada por climas afectivos cambiantes y globales —tormentas de indignación viral, frentes de optimismo tóxico, nieblas de ansiedad difusa— que reemplazan a las biografías emocionales estables.

Frente a esta realidad gaseosa, la fragilidad humana se intensifica. Bauman hablaba de un sentimiento de Unsicherheit, una palabra alemana que engloba incertidumbre, inseguridad y vulnerabilidad. En la sociedad aire, esta triple carga se agudiza. Tiene correlatos precisos: el agotamiento extremo (burnout) como fatiga de intentar respirar en un vacío; el consumo obsesivo de malas noticias (doomscrolling) como intento de adivinar la dirección del viento informativo; o la hipersensibilidad a los microclimas de opinión en las redes. La falta de puntos de referencia estables genera ansiedad y un individualismo que fragmenta el sentido de comunidad. El verdadero poder en esta nueva etapa se describe como un poder diluido, desconectado del territorio y de la responsabilidad social (caso DANA), donde las corporaciones pueden deslocalizarse en un instante, dejando a las comunidades en un estado de indefensión, mientras emergen nuevos centros de influencia en figuras como SM – Alofoke, que capitalizan la antipatía hacia las instituciones tradicionales.

¿Cómo navegar, entonces, esta sociedad aire? La adaptación ya no basta; se requiere resiliencia activa. Es fundamental cultivar relaciones humanas profundas en un mundo de interacciones superficiales y apostar por la educación continua no como un deber, sino como una necesidad para mantener la vigencia y la empleabilidad. Esta resiliencia activa debe ir acompañada de una ética de la densidad: la decisión consciente de condensar, en ciertos ámbitos de la vida, compromisos, atenciones y proyectos de largo aliento, creando así microclimas de estabilidad y confianza. Es la práctica de hacer suelo en un mundo sin tierra firme. Como sociedad, se hace urgente repensar y fortalecer las redes de seguridad, como el Estado de bienestar, que amortigüen los efectos de esta volatilidad extrema y prevengan el aumento de la desigualdad. Bauman sostenía que el equilibrio entre la libertad y la seguridad es la clave del bienestar humano, un desafío que se vuelve más crucial que nunca.

En conclusión, el tránsito de lo líquido a lo gaseoso no es una mera curiosidad sociológica, sino la realidad que define nuestras vidas. La Sociedad Aire, como ecosistema de fuerzas evanescentes, describe un momento histórico donde las estructuras se evaporan antes de que podamos sostenerlas, ya sea un sistema climático estable o un panorama político predecible. Comprender esta naturaleza efímera es el primer paso para desarrollar nuevas formas de adaptación personal y colectiva. El reto que se nos presenta es monumental: aprender a vivir, trabajar y encontrar significado en un mundo que, como el viento, no deja de cambiar de dirección y de sensación. Quizás, en esta Sociedad Aire, la última pregunta no sea cómo anclarnos contra el viento, sino cómo aprender a navegar con inteligencia en las corrientes, y cómo asegurarnos de que nuestro propio soplo —creador, crítico, compasivo— contribuya a una atmósfera aún respirable para lo humano y la biodiversidad..

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