CUBA EN LA MIRA: cuando la “democracia” sirve de pretexto para el caos


Escribe Iscander Santana
Zürich | Suiza
– Washington vuelve a mirar hacia el Caribe con esa mezcla característica de cálculo geopolítico, presión económica y moral selectiva que ha definido su política exterior durante más de un siglo. En el caso de Cuba, el debate no es nuevo, pero la pregunta sigue siendo la misma: si Estados Unidos pretende favorecer una apertura democrática genuina o si —una vez más— busca imponer un desenlace político bajo su propia lógica de dominación.
La inquietud crece por el contexto regional. Tras el endurecimiento de las tensiones con Venezuela e Irán, cada vez más voces advierten que Cuba podría convertirse en el siguiente objetivo de una estrategia de máxima presión. No se trata solo de sanciones o aislamiento diplomático. El temor es más profundo: que se reactive el viejo manual de desestabilización, ahora con herramientas más sofisticadas, pero con el mismo resultado histórico: crisis, polarización y sufrimiento para la población que, se supone, se quiere liberar.
En ese tablero, Marco Rubio emerge como figura central. Su trayectoria política ha estado marcada por una oposición frontal al gobierno cubano y por una visión donde el cambio de régimen parece preferible a cualquier salida negociada o soberana. Eso no es un detalle menor: cuando un dirigente con ese perfil gana influencia determinante sobre la política exterior de Estados Unidos, Cuba deja de ser un tema bilateral y se convierte en pieza de una agenda más amplia de confrontación ideológica y reconfiguración geopolítica.
El problema es que esta lógica tiene un historial incontestable. Cada vez que Washington ha intervenido —directa o indirectamente— en América Latina con el argumento de “restaurar la democracia”, el resultado ha sido, como mínimo, desastroso: gobiernos debilitados, sociedades fracturadas, instituciones erosionadas y un vacío de poder que terminan pagando los ciudadanos comunes. La palabra democracia funciona, en ese contexto, como un envoltorio noble para una práctica profundamente coercitiva.
Cuba tiene problemas internos serios, y nadie con rigor intelectual puede negarlo. Hay tensiones económicas acumuladas, desgaste institucional, malestar social creciente y un modelo político que no ha logrado ofrecer prosperidad sostenida a su población. Pero una cosa es señalar esos límites con honestidad crítica, y otra muy distinta es convertir la isla en objeto de una operación externa destinada a forzar su colapso o a decapitar su liderazgo. La historia es terminante: los cambios impuestos desde afuera rara vez producen libertad real. Más bien, abren la puerta al caos.
La fantasía de una acción “quirúrgica” —o de capturar a la cúpula política, como imaginan ciertos estrategas en sus escenarios más extremos— no resolvería ningún problema de fondo. Al contrario, podría desencadenar una cadena de consecuencias imprevisibles: lucha interna por el poder, represalias, represión, migración masiva y una militarización creciente del conflicto. Una operación espectacular produce titulares. No produce soluciones.
Desde la República Dominicana, este debate exige atención particular. El Caribe no es un tablero lejano ni una zona abstracta: todo lo que ocurra en Cuba repercute directamente en la estabilidad regional, en los flujos migratorios, en la economía, en la seguridad y en la arquitectura política del entorno inmediato. Por eso conviene desconfiar de los discursos que presentan cualquier intervención como un acto altruista de defensa de la libertad. Detrás de ese lenguaje, con demasiada frecuencia, se oculta la continuidad de una política de dominación que no ha cambiado de naturaleza, solo de nombre.
No se trata de defender acríticamente al gobierno cubano ni de idealizar sus instituciones. Se trata de rechazar la hipocresía estructural de una potencia que durante décadas ha intervenido, sancionado y manipulado procesos políticos en nombre de la democracia, dejando tras de sí más ruinas que instituciones, más dependencia que soberanía. Si la meta fuera realmente acompañar a Cuba hacia una apertura genuina, el camino pasaría por el diálogo, el respeto a la autodeterminación y una presión internacional inteligente —no por la asfixia, no por la amenaza y no por la imposición disfrazada de solidaridad.
Cuba necesita transformaciones. Pero necesita transformaciones decididas por los cubanos, no por operadores externos ni por estrategas obsesionados con reeditar viejas fantasías de control hemisférico. Cuando la política exterior se construye sobre el castigo y la imposición, el resultado casi nunca es libertad.
- Es inestabilidad.
- Es devastación.
- Es más de lo mismo.
Esa lección, en América Latina, ya deberíamos haberla aprendido.
Iscander Santana.
El autor es analista independiente en geopolítica, radicado en Zürich, Suiza.
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