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CAPITALISMO Y DEMOCRACIA: CONCEPTOS SIMBIÓTICOS SIN CORRESPONDENCIA

Escribe Nelson Del Pozo G

02/09/2025

Zürich | Suiza

Prosperidad económica a coste del malestar social

La narrativa hegemónica del siglo XX instaló en el sentido común la idea de que capitalismo y democracia liberal son dos caras de una misma moneda, un matrimonio indisoluble. Sin embargo, un escrutinio objetivo de sus principios rectores revela una convivencia más forzada que natural, una simbiosis de conveniencia donde la lógica economicista frecuentemente subyuga los ideales democráticos. La promesa de que el mercado libre garantiza automáticamente libertades políticas y bienestar social se fractura ante la evidencia de una creciente desigualdad y un malestar psicosocial generalizado.

Concentración de la riqueza y democracia vaciada

La premisa de una explotación sistémica en beneficio de una minoría oligárquica encuentra sustento en los datos. Un reciente estudio del Laboratorio sobre la Desigualdad Global (World Inequality Lab) confirma que la participación en la riqueza global del 10% más rico de la población se ha disparado del 55% al 72% en los últimos cuarenta años. Este no es un desequilibrio coyuntural, sino el resultado previsible de un mecanismo donde, como postuló la economista Mariana Mazzucato, el valor es extraído y privatizado, mientras los costos del riesgo y la innovación son socializados.

La riqueza no solo se concentra, también se hereda y se blinda, creando una aristocracia patrimonial que distorsiona los mecanismos de representación política y vacía de contenido real a la democracia.

La pandemia silenciosa: salud mental y fractura social

La acusación de que este modelo genera patologías sociales no es retórica alarmista. El sociólogo Alain Ehrenberg describe la «fatiga de ser uno mismo» como la plaga de la modernidad tardía, donde el individuo es soberano de su destino, pero también único responsable de sus fracasos. El mandato de la autogestión absoluta, la presión por la flexibilidad laboral perpetua y el culto al emprendedurismo convierten la vida en una carrera sin meta, generando un agotamiento existencial que los sistemas de salud pública no logran contener.

La OCDE reporta que los trastornos de ansiedad y depresión representan una pérdida del 4% del PIB global anual en productividad, un dato que cuantifica el costo económico del sufrimiento humano. En países como la República Dominicana, la precarización y las tensiones familiares asociadas se reflejan en hechos alarmantes: los casos de menores asesinados por padres o allegados han ocupado titulares en los últimos meses.

La lógica de la mercantilización total, anticipada por Zygmunt Bauman con su concepto de «modernidad líquida», disuelve los vínculos sólidos. La familia, como institución de apoyo mutuo, se ve tensionada por un mercado laboral que exige movilidad constante, jornadas extensivas y disponibilidad sin límites, transformando lo privado en una prolongación del espacio productivo.

La ética del mercado y la corrosión de los valores cívicos

Cuando el principio de maximización del beneficio se convierte en el criterio supremo de valor, se produce una colonización de las esferas no económicas de la vida. El filósofo Michael Sandel alerta sobre la «corrupción de los incentivos»: en una sociedad donde todo está en venta, los valores no mercantiles—como la solidaridad, el civismo o la integridad—se devalúan y se corrompen.

La financiarización de la economía, fenómeno analizado por Costas Lapavitsas, expresa esta deriva: los beneficios ya no provienen de la producción real de bienes y servicios, sino de circuitos especulativos desconectados del desarrollo humano. Este proceso premia la rentabilidad inmediata, al tiempo que posterga la inversión en educación, salud o servicios básicos, sentando las bases de crisis cíclicas.

Conclusión: renegociar los términos del contrato social

Un enfoque progresista y objetivo no propone la abolición utópica del mercado, sino la reimaginación de su contrato social. El desafío consiste en subordinar la eficiencia económica a la soberanía democrática y a la dignidad humana. Ello implica:

  • Implementar marcos regulatorios que desincentiven la especulación y la externalización de costos sociales y ambientales.
  • Fortalecer bienes comunes y servicios públicos como antídotos contra la mercantilización total.
  • Adoptar nuevos indicadores de progreso, como el Índice de Bienestar Sostenible, que superen la miopía del PIB.

La verdadera democracia no puede florecer mientras permanezca secuestrada por los intereses de una acumulación de capital cada vez más concentrada. El reto del presente es invertir esa ecuación y forzar la aplicación de un contrato social realmente democrático, donde la economía esté al servicio de la sociedad y no al revés.

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