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Afganistán y China: un pragmatismo estratégico

Escribe Iscander Santana

02/10/2025

Zürich | Suiza

– La salida caótica de Estados Unidos de Afganistán en agosto de 2021 no solo dejó un vacío de poder. También abrió la puerta a un nuevo juego geopolítico en el que la República Popular China actúa con un interés calculado y una frialdad pragmática. Mientras Occidente sanciona, Beijing despliega una estrategia paciente que podría redefinir el futuro de Asia Central.

¿Cuál es la estrategia de China en Afganistán?

A diferencia de las potencias occidentales, China no observa al régimen talibán bajo el prisma de los derechos humanos, sino con la lupa del interés nacional. Su principio de «no interferencia» no es un gesto moral, sino la base de un pragmatismo directo: los asuntos internos de Afganistán solo importan si afectan a la seguridad e inversiones chinas.

El pilar político de esta estrategia es claro: estabilidad a cambio de recursos. Los talibanes ofrecen a China su compromiso de contener a grupos como el Movimiento Islámico del Turkestán Oriental (ETIM), una amenaza directa para la región de Xinjiang. Beijing, por su parte, no ha reconocido formalmente al Emirato Islámico, pero mantiene abierta su embajada y recibe delegaciones talibanas. Se trata de un delicado baile diplomático en el que cada gesto de seguridad de los talibanes es respondido con un paso de cooperación y legitimación por parte de China.

¿Qué busca China en Afganistán?

La verdadera pieza que China codicia no es política, sino económica. Afganistán alberga una de las mayores reservas minerales del mundo: litio, cobre y tierras raras valoradas en más de un billón de dólares. Para una economía tecnológica con apetito insaciable, Afganistán representa una oportunidad monumental. Es la recompensa que justifica el riesgo.

Este interés encaja en la visión macro de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). Un Afganistán estable y conectado podría convertirse en el eslabón que uniera por tierra a China con Irán y Pakistán, reduciendo así la vulnerabilidad de sus rutas marítimas.

¿Cuáles son los riesgos?

El camino, sin embargo, está plagado de obstáculos. La inseguridad que China exige erradicar es la misma que frena a sus ingenieros e inversores. A ello se suman la amenaza del terrorismo, la competencia de potencias como Rusia e India y la frágil legitimidad del gobierno talibán.

China no repetirá el error occidental de una ocupación costosa. Su estrategia se basa en la influencia gradual, la paciencia y una cautela extrema. Prefiere esperar a que las condiciones maduren antes de comprometerse plenamente.

Conclusión: ¿un nuevo «Gran Juego»?

La relación entre China y Afganistán es un espejo de la geopolítica del siglo XXI: desideologizada, centrada en recursos y conectividad, manejada con un realismo frío. Occidente, reacio a negociar con los talibanes, observa cómo Beijing podría lograr lo que ellos no consiguieron en veinte años: integrar a Afganistán en una red de influencia económica que refuerce silenciosamente su poder global.

El gran interrogante ya no es si China jugará este nuevo «Gran Juego», sino si los riesgos inherentes a Afganistán terminarán por desgastar incluso al jugador más paciente y calculador.

Iscander Santana.
Analista independiente en geopolítica,  radicado en Zürich, Suiza.

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