El fanatismo interno: el mayor adversario de un partido político


Escribe Milton Jimenez
Berna | Suiza
— La madurez política comienza cuando aprendemos a defender nuestras ideas sin destruir las de nuestros compañeros
Al observar la actitud desmedida que algunos compañeros de partido asumen durante las consultas, primarias o procesos internos, he decidido compartir una reflexión personal en forma de artículo de opinión.
No pretendo abrir un debate, porque el fanatismo suele cerrar las puertas al diálogo y hace muy difícil alcanzar conclusiones constructivas. Mi propósito es mucho más sencillo: invitar a cada militante a realizar un ejercicio de introspección respondiendo una sola pregunta:
¿Estamos contribuyendo realmente al fortalecimiento del partido y del candidato que resulte vencedor de la contienda interna?
La Real Academia Española (RAE) define el fanatismo como el «apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas o políticas». Sus sinónimos son reveladores: intransigencia, intolerancia, obstinación, extremismo y sectarismo.
Precisamente esa intolerancia frente a las opiniones de nuestros propios compañeros conduce, muchas veces, a la difusión de argumentos sin fundamento o incluso de informaciones maliciosamente promovidas por personas ajenas al partido. Quien actúa de esa manera deja de construir criterio propio y termina convirtiéndose en lo que popularmente conocemos como un «político de oído»: alguien que repite consignas sin analizarlas ni cuestionarlas.
Finalizado el proceso interno, quienes adoptaron esa actitud suelen enfrentarse a dos escenarios.
El primero, y sin duda el más favorable, ocurre cuando su precandidato resulta ganador. Paradójicamente, el camino hacia la unidad se vuelve más difícil, pues durante la campaña interna pudieron haber sembrado resentimientos, descalificaciones y enfrentamientos innecesarios. Convencer a esos mismos compañeros de trabajar por el candidato vencedor exige un esfuerzo mucho mayor cuando previamente fueron tratados como adversarios y no como compañeros de organización. En lugar de sumar voluntades, se termina generando exclusión, apatía y desafección política.
El segundo escenario es aún más complejo. Si el precandidato respaldado no resulta elegido, muchos descubren que durante la contienda cruzaron líneas que nunca debieron cruzar. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿cómo apoyar ahora al candidato que antes descalifiqué, insulté o incluso acusé injustamente?
Esa contradicción conduce, en muchos casos, al aislamiento político y al ostracismo dentro de la propia organización.
«Aceptar y respetar la diferencia es una de esas virtudes sin las cuales la escucha no se puede dar.»
—Paulo Freire—
Por ello considero que es momento de escoger el camino correcto.
Defendamos nuestras ideas, nuestros proyectos y nuestros precandidatos resaltando sus fortalezas, sus propuestas y su capacidad de liderazgo. No necesitamos desacreditar a los demás para demostrar la calidad de nuestra opción política.
Las campañas internas deben ser espacios para confrontar ideas, no para destruir compañeros.
Debemos recordar que en toda contienda democrática existe la posibilidad de ganar, pero también la de no resultar favorecidos por el voto de la militancia. Ambas situaciones forman parte de la vida democrática de cualquier organización política.
No es casualidad que haya evitado utilizar las palabras «perder» o «perdedor». En mi opinión, dentro de un proceso democrático interno no existen derrotados. Existen proyectos políticos que aún no han alcanzado el grado suficiente de madurez, organización o capacidad de comunicación para convencer a la mayoría de los militantes.
El caso del Partido de la Liberación Dominicana constituye un buen ejemplo. Cinco de sus actuales precandidatos ya han participado en procesos similares, entre ellos Francisco Javier García, Luis de León y Francisco Domínguez Brito. Incluso dos de ellos, Gonzalo Castillo y Abel Martínez, lograron convertirse en candidatos presidenciales de la organización, aunque posteriormente no alcanzaran la Presidencia de la República.
La experiencia demuestra que las aspiraciones políticas no terminan con una consulta interna. Por el contrario, cada proceso representa una oportunidad para crecer, aprender, consolidar liderazgos y fortalecer el partido.
Por eso, mi llamado es sencillo.
Seamos prudentes en nuestras declaraciones, respetuosos durante los debates y firmes en la defensa de nuestra organización política. Discutamos propuestas con altura, aceptemos las diferencias con madurez y recordemos que, una vez concluya la competencia interna, todos estaremos llamados a defender un mismo proyecto político.
Porque los adversarios están fuera del partido, no dentro de él.
Y ningún proyecto político podrá aspirar a gobernar un país si antes no aprende a convivir con el respeto, la tolerancia y la unidad dentro de sus propias filas.
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